sábado, 17 de octubre de 2015

Crisis y Oportunidad

En los últimos años nos hemos visto rodeados de muchos mantras periodísticos, repetidos noche y día en tertulias de sobremesa, debates de prime time o programas de periodismo político en general. Uno de ellos es la idea de una “crisis institucional” en España, paralela a la crisis económica que ha azotado a nuestro país desde 2008. Sin embargo, detrás de ese etéreo nombre, de esa vaga naturaleza ¿en qué consiste dicha “crisis institucional”? ¿Existe? ¿Podemos palparla?

La respuesta es, tristemente, que sí. El mejor ejemplo de ella lo hemos vivido la semana pasada, cuando después de la polémica imputación de Artur Mas por su responsabilidad en relación con la consulta ilegal del día 9 de noviembre de 2014, un número relevante de políticos, periodistas y opinadores han “lamentado”, “sido incapaces de entender” o directamente “condenado” las imputaciones.




Antonio Baños, líder de la CUP, declaraba que “imputar por poner urnas demuestra que este Estado es demofóbico, no entienden lo que es la democracia”. La recién estrenada alcaldesa de Barcelona, Ada Colau declaraba que “la imputación demuestra el desprecio por la democracia”. Pocos esperábamos que políticos del espectro nacionalista catalán (en el que sin duda la alcaldesa ha demostrado sentirse cómoda) dejaran pasar la oportunidad de utilizar la imputación como otro elemento de su vital victimismo, pero las declaraciones no se han quedado en Cataluña. En Andalucía, Teresa Rodríguez –líder de Podemos en la comunidad- declaraba que entienden que lo que en ningún caso es “judicializable” –bonito verbo-, es poner urnas en la calle.

Es curioso el sencillo proceso de engaño a la población en cuestiones que escapan a la normalidad doméstica. La imputación de Artur Mas y dos miembros de su Gobierno no es, en realidad, la consecuencia de poner urnas o jugar a la Democracia. Es la consecuencia de: (1) ascender al poder dentro de un marco constitucional y, una vez investido de los poderes del mismo, utilizar dicha posición pública para saltarse el Estado de Derecho, pasándose -en castizo- por el arco del triunfo la suspensión del Tribunal Constitucional a la consulta catalana –prevaricación y desobediencia- y (2) la utilización de dinero público (de todos los catalanes, no sólo los independentistas) para la ejecución de dicha ilegalidad -malversación de caudales públicos-. Por qué hablar de la imputación como la consecuencia lógica de la transgresión de la Ley por una autoridad pública cuando puedes vender que “se condena la democracia”.

Ése es el mejor reflejo de una crisis institucional, la aceptación sin rubor de la vulneración de la ley democrática. Lo verdaderamente grave no es que el señor Artur Mas se haya saltado la legalidad democrática y constitucional de un Estado de Derecho occidental. Lo grave es que la consecuencia legal de dicha transgresión –la imputación- sea cuestionada por personas que dicen ser demócratas, que puedas permitirte ir de "progre” aceptando –o aplaudiendo- la vulneración de la ley democrática y condenando después la persecución de dicha vulneración. ¿Nos hemos vuelto locos en este país?

No, no nos hemos vuelto locos. La crisis institucional consiste precisamente en eso: la desafección de la ciudadanía respecto de un sistema constitucional y un Estado democrático en que los políticos se han dedicado durante décadas a defender los intereses de sus partidos y militantes, brillando por su ausencia la defensa del ciudadano y la nación. Cuando no crees en una democracia representativa y el sistema que la cobija es difícil creer en las normas que emanan de la misma. Cuando un partido puede ganar unas elecciones con un programa, incumplirlo una y otra vez sin sonrojarse -también en sus aspectos no económicos- y seguir en lo alto de la pugna por el poder, la desafección no es comprensible; es sencillamente lógica.




Afortunadamente, como anticipé al elegir el nombre de este medio, soplan vientos de cambio en España. El hartazgo y la indignación de la ciudadanía, ajena a los tejemanejes de la dinámica partidaria, avergonzada de la capitulación de gran parte de la prensa nacional ante el poder político, se ha traducido al fin en un nuevo desembarco de la sociedad civil en la vida política, similar al de la Transición. Determinados debates se van instalando en la opinión pública, nuevos medios de comunicación nacen reclamando la importancia de la prensa libre y diseñando su modelo de independencia, se consolidan alternativas políticas que prometen devolver el destino de este país a una ciudadanía que nunca debió perderlo. Se hace política en bares, plazas y centros de trabajo, intelectuales y escépticos crónicos se arremangan y descienden a los barros de Roma. Veremos a dónde nos conduce lo que algunos comienzan a describir como la Segunda Transición española, pero estoy convencido de que a algún lugar mejor que donde estábamos hace dos años. Con suerte, a algún lugar donde la vulneración de la legalidad constitucional, garantía última del ciudadano frente a lo que los constitucionalistas americanos llamaron la "Tiranía de la Mayoría", sea condenada sin paliativos. No se puede recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones sin recuperar las instituciones, primero, para los ciudadanos. En ello estamos muchos españoles. Quedan dos meses para las elecciones generales y aún no hay nada decidido.


Lo decidiremos los españoles.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Dime con quién dejas de andar

Dime con quién andas y te diré quién eres. Qué breve frase y qué cierta. Tantas veces. Resume, entre otras, mi opinión de Unió Democrática de Catalunya (la “U” del ahora roto “CiU”) que ahora, tras la ruptura de la formación nacionalista como consecuencia del proceso independentista, me toca revisar.
Dime con quién andas y te diré quién eres. Dime con quién dejas de andar y probablemente tendré que decirte quién dejas de ser. Nunca entendí la pervivencia de la formación tras la deriva independentista de Mas; no compartí la pasividad perpleja de los dirigentes de Unió ante el recrudecimiento de la osadía del todavía President y sus aliados. Sin embargo, al final, acabó sucediendo. Un partido con tres décadas de antigüedad se quebró y con él, para bien y para mal, lo moderado y lo radical de una formación siempre compleja y a veces incomprensible.
Nunca me han gustado las trincheras, los bandos, el blanco y el negro, el conmigo o contra mí. La verdad siempre es compleja y difusa, y suele residir lejos de los extremos que ni se tocan ni quieren convivir. Al final del día cada uno es de su padre y de su madre, y no hay sociedad democrática que resista a una polarización continua entre dos corrientes siempre dispuestas a exigir, pero nunca a ceder.
Decía Winston Churchill que un fanático es aquel que no cambia de opinión ni está dispuesto a cambiar de tema. El objeto de fondo es indiferente; sea con la independencia, con el aborto o con el fútbol, una eterna sobremesa en la que no se cambia de tema pero tampoco se tiene intención de escuchar a la otra parte arruina la mejor de las veladas.
CiU ha dejado de existir. Eso implica que las discrepancias internas han seguido siendo discrepancias, pero ahora son externas. Eso conlleva que las mismas salgan a la luz sin tapujos ni medias tintas, sin aspirina. Pues bien, hoy me he sorprendido –debo admitir que para bien- con el artículo que firma Josep Antoni Durán i Lleida en El País. Dispuesto a reconocer errores en el tratamiento de ciertos catalanes al resto de España, dispuesto a exigir respeto de ciertos españoles a Cataluña.
No entraré en el origen del asunto, ni me interesa. Ahora es el momento de pensar en las soluciones. En efecto, comparto la idea de fondo del artículo al que aquí hago referencia: la solución para la eterna “cuestión catalana” (lo de eterna ya lo dijo Ortega hace un siglo) pasa por la reducción, la marginación, de los polos del espectro. Ésto pasa, como no podía ser de otro modo, por el diálogo.
No seré quien haga de mezquino separador igualitarista, al puro estilo de la “Ponencia de Paz” en el País Vasco de hace pocos años. En la Historia los bandos no siempre se reparten los errores a partes iguales, como un regaliz entre niños. Lo más sencillo pocas veces es lo más cierto. No fue España (ni “Madrid” o “El Estado Español”, en argot independentista) la que decidió poner un ultimátum, ni incumplir las sentencias de los tribunales, ni desterrar a un idioma co-oficial de la enseñanza básica, ni saltarse la ley, ni preparar una candidatura que bajo un nombre unificador persigue la quiebra de la sociedad catalana en dos mitades. De nada vale un “tenemos que volver a tender puentes” y “unir lazos” de la boca de quien ha volado los puentes y desgarrado los lazos. Hay heridas que no se pueden cerrar, y la independencia de Cataluña es una de ellas.
Lo que sí sé es que, aunque la magnitud de los errores sea distinta, la voluntad de dejarlos atrás y de encontrar puntos de encuentro debe ser la misma. El primer paso para una solución al asunto, para evitar que la tierra de mi querida abuela se convierta en un país extranjero en la que la mitad se siente extranjera, pasa precisamente por lo que Durán i Lleida, desde una posición catalanista pero no sectaria -se agradece-, apunta con precisión: hay que reducir a la insignificancia a los que desde España hacen irresponsablemente votos para que los catalanes se vayan de una vez y a quienes desde Cataluña desprecian al resto de España.
Lo demás, ya se andará.

http://elpais.com/elpais/2015/09/01/opinion/1441123763_525687.html

viernes, 22 de mayo de 2015

Seis Reflexiones para un Día de Reflexión

1. Tu voto es tuyo.
Nadie debería decirnos lo que tenemos que votar.  Algunos lo sugerirán –incluido yo-, como es natural, pero al final cada uno tiene que tomar su decisión. Hay que informarse, preguntar, escuchar y decidir en consecuencia. Y sobretodo, hay que tener cuidado con buscar la verdad en titulares de prensa o en el Twitter, que actualmente son el formato perfecto para las verdades a medias.

2. Existen nuevas alternativas.
Desde hace unos cuantos años nos quejamos de que el bipartidismo imperante se ha alejado de la ciudadanía a la que debía representar. De que, cuando toca decidir entre el interés general y el personal o partidario, el primero queda relegado en favor de los últimos. Hoy, por fin, aparecen nuevas opciones de voto. Sin embargo, la gran novedad no es esa, sino el hecho de que las mismas aspiran a poder convertirse en gobiernos y, cuando menos, en llaves de paso para la gobernabilidad por un bipartidismo decadente. 

Es algo insólito. Por primera vez en varios años no hace falta ir a votar tapándose la nariz, hay opciones. Y lo que es más importante: hay opciones con opciones. Personalmente creo que no hay nada de malo en optar por algo distinto cuando lo que ves no funciona. Conceder el beneficio de la duda, en ocasiones, es el único modo de progresar.


3. La memoria de los españoles.
Los españoles, se suele afirmar, somos un pueblo sin memoria. Muy conveniente para el mal político. Todos los errores, contradicciones, fracasos, toda esa condescendencia y el ignorar a la ciudadanía se desvanece como una ilusión ante la campaña electoral. Los candidatos sonríen, posan, bailan, se visten de tradición y hasta montan en bicicleta. Se bajan los impuestos, se suben las partidas, se proponen "medidas estrella" y se prometen ayudas, incentivos, apoyos, rebajas... Es decir, se compran votos con el dinero de todos. No los paga la señora Cifuentes ni el señor Gabilondo, no los paga sin duda el señor Montoro o la Santísima Trinidad, ni muchísimo menos Mariano Rajoy. Los paga la clase media española con unos impuestos escandalosamente elevados, primordialmente invertidos en sostener una marabunta de organismos en los que colocar a amigos y benefactores. ¡Cuatro veces más políticos per cápita que Alemania!

Se inventan eslóganes y se cantan canciones, se prometen obras faraónicas y AVEs hasta la puerta de tu casa. Y todo es maravilloso.


Después viene el primer año de gobierno, y la conocida desilusión y frustración inherentes. "Son todos iguales, y siempre va a ser así. Y sin embargo, cuando aparecieron otros nuevos y prometieron cambiarlo, con medidas concretas y sin declaraciones grandilocuentes, seguí votando a los de siempre. Y sin embargo, cuando dentro de cuatro años vuelvan las trompetas, las maracas, las sonrisas y los carteles… volveré a votar a los de siempre. Y seguirán siendo todos igual, siempre igual. Triste vida."


4. No se puede esperar un resultado diferente de un comportamiento similar.
Decía Albert Einstein que sólo un loco pretende, haciendo siempre lo mismo, obtener resultados diferentes. Si no nos gusta que el PP o el PSOE sean un nido de corrupción donde no se toman medidas serias contra la misma, que elaboren programas que después no llevan a cabo, ¿por qué iban a hacer algo distinto si a pesar de ello siguen ganando elecciones? Si en ambos partidos hay gente válida y con ganas de trabajar por su país, ¿cómo pueden éstos tomar las riendas de los viejos aparatos sin elecciones primarias, listas abiertas, y sin voto de castigo cuando no cumplen? El Partido Popular no sólo ha incumplido el programa económico –lo cual hasta cierto punto podía ser justificable-, sino que también ha incumplido compromisos como reformar la ley electoral, despolitizar el Consejo General del Poder Judicial o acabar con la absoluta falta de medios de la administración de Justicia. Ser de un partido político como de un equipo de fútbol –pase lo que pase- no es cuidar de tu partido. Hay que ser exigente y, cuando se equivoquen, decírselo en las urnas.

5. El voto útil ha dejado de existir.
En el actual escenario “a cuatro”, todo apunta a que nadie va a volver a gobernar con mayoría absoluta en varios años. Ello tiene una consecuencia fundamental: nadie va a aprobar leyes, ni a gobernar, sin pactar en cierto modo. Eso permite que votar a tu opción primordial no implique tirar el voto a la basura, sino darle más fuerza para los pactos a los que será necesario llegar.

6 . No hay que tenerle miedo al nuevo escenario político.
El nuevo escenario arroja cierta incertidumbre en un país que, desde el inicio de la transición, se ha caracterizado por la existencia de gobiernos de grandes mayorías. Aunque ello puede parecer problemático, es de hecho una oportunidad. Se acabó el rodillo de la mayoría absoluta, y las leyes tienen que ser discutidas, mejoradas y enmendadas hasta su aprobación final. En este país, siempre nos ha ido mejor cuando nos hemos puesto de acuerdo buscando lo que nos une en lugar de lo que nos separa, como en la aprobación de la Constitución o en los Pactos de la Moncloa.

Por otra parte, en un modelo con cuatro grandes partidos ya no basta que el partido del Gobierno lo haga mal para ganar unas elecciones. El partido que pretenda gobernar tiene que hacerlo mejor que los demás.

domingo, 18 de enero de 2015

La Universidad que dejó de serlo

La Universidad. Fuente de fuentes del saber, paladín del conocimiento, justo verdugo de paradigmas incuestionables que dejaron de serlo.

La Universidad ha sido durante siglos, para la sociedad occidental, el gran motor del desarrollo y la evolución, el eterno enemigo de la tiranía y la peligrosa razón de Estado, la luz que hace retroceder a la oscuridad de la ignorancia para crear una sociedad mejor y más justa. En fin, el alma mater que engendra y transforma al hombre por obra de la ciencia y el saber.


Para alguien que ha pasado cuatro años entre sus aulas, que a día de hoy continúa frecuentándolas estudiando un máster, hoy es un día triste. Hoy, el Gobierno se pronuncia sobra la última fase del llamado "Plan Bolonia": la reducción de las carreras universitarias (muy contadas excepciones aparte, como en el caso de Medicina) a tres años.

Se trata, argumentan desde Moncloa, de homologar la situación española con la de nuestros pares en Europa; Francia, Italia o el Reino Unido ya aplican la citada reducción, que se verá acompañada de dos años de máster. Compruebo con lástima lo que sabemos todos: que en España, para muchos, imitar al resto de Europa sin cuestionar lo imitado sigue siendo considerado algo inteligente y sensato, algo moderno y siempre positivo.

Es una visión francamente estúpida: ni en España se hace todo peor, ni en el resto de Europa mejor. Tenemos muchas cosas que aprender de nuestros colegas europeos, pero también muchas otras que dejar de aprender. Es una de las grandes lecciones que me llevo de mi año en Inglaterra, una que no olvidaré jamás.

No seré yo quien reniegue del estudio de las prácticas de nuestros compañeros europeos, ni el que proponga dejar de observarles y aprender de sus éxitos cuando se produzcan. De hecho, me considero un férreo defensor de muchas medidas observadas en el Derecho comparado Europeo. Con lo que no puedo comulgar es con la ciega y acrítica aceptación de la legislación de nuestros compañeros de continente, provista también -como los humanos de los que proviene- de manifiestos deslices y errores.

En Inglaterra observé con sorpresa cómo la carrera de Derecho se estudiaba en tres años. Sin embargo, lo que me resultó verdaderamente increíble fue la manera en que se conseguía reducir una carrera tan amplia al corto plazo de tres años; literalmente: cortándola en pedacitos y repartiéndolos entre los distintos estudiantes. Con un primer curso en que se estudian asignaturas básicas como Derecho Constitucional y Obligaciones y Contratos, seguidos de otras como Derecho de la Unión Europea en segundo, el resto de las asignaturas de esos tres años se eligen entre los estudiantes, reduciendo el espectro del conocimiento de la ley para concentrase en el estudio de un área concreta. Esto no se producía, como en la adaptación de Bolonia en España, en el cuarto año de carrera (una vez estudiada en los tres años anteriores -si bien mal distribuida- una gran base de conocimiento, unos cimientos sólidos sobre los que posar un conocimiento concreto posterior) sino desde el inicio de la misma. 

Así, asistí al triste espectáculo de ver a alumnos de Derecho obtener un título de graduado universitario sin conocer las bases del Derecho Internacional Público, el Derecho Penal y su aplicación, o el Derecho Mercantil. Se trata de áreas de gran relevancia para el ordenamiento jurídico, con las que todo jurista debería de haber tenido un contacto previo a una posterior y necesaria especialización. Pues bien, en Inglaterra el estudiante de Derecho debe renunciar a varias de ellas en pos de una especialización prematura, sin saber muchas veces ni en qué consisten.

Se trata, en último término, de la profesionalización de la Universidad. Si la Universidad se entiende exclusivamente como un medio de preparar futuros profesionales a insertar en correspondiente sector del mercado laboral, este es, sin duda alguna, el modelo ideal. Superespecialización para compartimentalizar las tareas, dinamizar la empresa y rebajar costes, pero financiada (en el caso del sistema universitario español) con cargo al Estado. Un chollo.

No obstante, para los que entendemos la Universidad como un oasis del saber en un mundo de ignorancia, como el lugar donde formar a mejores ciudadanos que mediante un amplio saber de sus ramas de conocimiento contribuyan a alcanzar las metas de la sociedad, como, en fin, lo que siempre ha sido y nunca debería dejar de ser, esta reforma promete convertirse en un agigantado paso hacia atrás: un paso hacia una Universidad que dejó de serlo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Razón contra Estómago

Los mercados hablan; los riesgos para la economía española y su recuperación van a venir de la política el año que viene. Ya se empieza a recomendar, desde agentes económicos de peso considerable en el entorno internacional, invertir en otros países periféricos europeos con escenarios previsibles de mayor estabilidad política (enlace abajo). "Podemos", al parecer, no es ningún juego para los inversores. Cataluña tampoco.

Cuando la recuperación en España parecía estar llegando, ahora todo parece ponerse nuevamente en riesgo. Al estancamiento de las principales economías europeas se suma, como otro factor de peso, la esperada inestabilidad política derivada de los cada vez más cercanos procesos electorales del año que viene. E incardinada en dicha inestabilidad, por qué no decirlo, se encuentra el esperado crecimiento de una formación que defiende, entre otras cosas, dejar de pagar cierta parte de la deuda. ¿Qué está ocurriendo?



Creo que en España se nos da muy bien lo de tender a los extremos. ¿Por qué si no la Segunda República terminó con una guerra entre comunistas y fascistas? ¿Por qué, por poner otro ejemplo más actual, unas elecciones para rector de la complutense se van a segunda vuelta entre los candidatos situados en los extremos, y no entre otros más moderados? 

Porque, como suele suceder en los países latinos, nuestra tendencia natural es a pensar con el estómago y el corazón -para lo bueno y para lo malo-. Preferimos dar carta blanca al que nos provoca un sentimiento que razonar sobre sus propuestas. Así nos creímos a Rajoy cuando "no iba a tocar la sanidad ni las pensiones" y así nos creeremos a Pablo Iglesias cuando nos diga que el Estado es viable de seguir sus políticas en solitario. Nunca me he fiado de aquellos que dicen una cosa en una sala y otra bien distinta en la siguiente.

Yo respeto todos los puntos de vista (o al menos todos los que alcancen un cierto grado de tolerancia) pero creo, sinceramente, que en España ni todos los que han votado al bipartidismo apoyan el actual sistema ni todos los que empiezan a animarse a apoyar a Podemos comparten la ideología de Pablo Iglesias. Entonces, ¿por qué vemos ese crecimiento en su formación? Porque, una vez más, vamos a acudir a votar con el estómago y el corazón. Y sin embargo la experiencia nos ha enseñado que, si hay algo que merece la pena decidir con la cabeza, es el futuro de tu país.

Creo que he dejado claro, en reiteradas ocasiones, mi descontento con el sistema político español actual y su funcionamiento. Si me preguntas cuál de las dos opciones -partitocracia o Podemos- me parece mejor, te diré que si hay algo que tenemos casi todos tenemos claro es que necesitamos un cambio. Y muy grande.

Sin embargo, creo sinceramente que lo que los españoles reclaman no es un cambio en el sistema económico, sino un cambio en el sistema político. Un cambio tan radical que, por supuesto y como es perfectamente posible, sentaría las bases para los grandes cambios que necesitamos ver también en los resultados económicos, en la vida de la gente, en fin.

¿Estado social? Por supuesto que sí; hasta donde llegue el presupuesto. Y para contar con los medios suficientes en ese presupuesto hay que tener mucho cuidado con intentar remar a contracorriente en solitario en un mundo globalizado (especialmente siendo un país sin independencia energética). Pero -y esto me parece lo más importante de todo-, si ya es peligroso tomar esa decisión con la cabeza, muchísimo más lo es tomarla con el estómago.

Este no es el "discurso del miedo" del que hablan algunos. El miedo es la antítesis de la razón, es el fin de la libertad para pensar y razonar. Yo no invito a la gente a condenar sin tapujos a Pablo Iglesias y a su partido; lo que defiendo es que no se fíen a ciegas de la persona, del discurso, que vayan al análisis de las propuestas concretas, escuchen todas las opiniones posibles y decidan por sí mismos. Si, al final de ese proceso, "Podemos" y su proyecto les parece el mejor para nuestro país, invito a todo el mundo a que vaya a votar con decisión y con la cabeza bien alta.

http://www.elmundo.es/economia/2014/11/07/545bf1f2268e3e634d8b4586.html

lunes, 6 de octubre de 2014

"Dobles discursos" y otras contradicciones

El señor Pablo Iglesias se presentó ayer, delante del programa de debate político de mayor audiencia en nuestro país, como el "cambio socialdemócrata necesario", como el redactor de un programa de gobierno (y cito textualmente) "que cualquier socialdemócrata europeo de los años 80 hubiera suscrito".

Todo ello ante la pantalla de una cadena (La Sexta) que le dedicó enterito el espacio de mayor audiencia televisiva de la semana -vídeos con momentos triunfales y musiquita heroica incluidos-, lo rodeó de periodistas complacientes, ignorantes de la vida y de críticos que casi le hacen más causa que daño.


Personalmente no tengo nada en contra de este señor, y me mantengo al margen de críticas personales o basadas en el mero prejuicio (me gustaría más oír debatir sobre su programa electoral y no sobre su coleta o su sueldo, para ser sincero). Sin embargo, hay una cosa que sí tengo en contra suya: el "doble discurso" que emite y que mucha gente decide ignorar. Comunista revolucionario por la tarde y socialdemócrata reformista y moderado por la noche, en los espacios de mayor audiencia.

Buena prueba de ello son sus debates en "La Tuerka", aunque acabo de encontrar un vídeo-resumen con una selección de intervenciones suyas -enlace debajo- que darían mucho que hablar. Algunas son demasiado cortas para poder apreciar si están sacadas -o no- de contexto (lo cual sin duda más de uno intentará), pero otras son suficientemente claras y cristalinas. Televisiones privadas prohibidas, propiedad privada prohibida... No lo escuché ayer por la noche en "La Sexta Noche". Estaré perdiendo el oído...

Los posibles motivos de una cadena como La Sexta para "catapultar" a Pablo Iglesias al estrellato son discutibles pero ante ante esta y otras declaraciones no queda más remedio que preguntarse cuál de las dos respuestas posibles a este "doble discurso" es la correcta:

a) Es comunista y actúa como demócrata moderado para obtener votos que luego utilizar para convertir a nuestro país en una democracia bolivariana (mentiroso).

b) Su corta experiencia en la política le ha llevado a cambiar de opinión y convertirse en un socialdemócrata de la casta que no defiende el fin del capitalismo (mentiroso y traidor a los ideales que tantas veces expuso con anterioridad).

Ninguna de las dos me gusta. Escojan ustedes.

https://www.youtube.com/watch?v=ovQyfpW1sYE&feature=youtu.be

viernes, 19 de septiembre de 2014

Escocia, Cataluña y el Derecho de Autodeterminación

Viene y se va el referendum escocés. Un jarro de agua fría para el nacionalismo europeo, y el catalán en particular.
Cientos de nacionalistas habían viajado hasta Edimburgo para contemplar, ante la mirada estupefacta de la Europa imperialista, el ejercicio de liberación de un pueblo esclavizado por la pérfida Inglaterra durante casi trescientos años.
Y sin embargo, ¿esto es así?


Cuando se habla de "derecho de autodeterminación", y se niega a regiones occidentales pertenecientes a democracias consolidadas, no se hace más que resaltar la doctrina establecida por las Naciones Unidas (principar impulsor del proceso de descolonización tras la Segunda Guerra Mundial). El derecho de autodeterminación, pocos lo saben, es un derecho concedido a colonias para decidir sobre su independencia -o no- de la metrópoli que las controla. Por ello, la doctrina inmensamente aceptada en el derecho internacional -Sentencia del Caso Quebec- lo niega a regiones de Estados democráticos que gozan de representación y cuya identidad y costumbres son respetadas por el Estado; especialmente cuando esas regiones no son -ni han sido- colonias de una metrópoli occidental.

Ahora es cuando toca hablar de historia. En el primer caso, Escocia e Inglaterra unieron sus parlamentos en uno en 1707 con el llamado "Act of Union". En cuanto a Cataluña, el Condado de Barcelona -cuyos límites en su apogeo alcanzaron a una importante parte de la región, mayor de la mitad- podría ser considerado lo más parecido a un "estado ancestral" al que retrotraerse cuando hablamos del caso catalán. Dicho condado se incorporó voluntariamente, mediante una unión dinástica, al reino de Aragón, constituyendo el inicio de la Corona de Aragón; dicha Corona se uniría en 1492 a Castilla, formando así el Reino de España, primer estado-nación europeo. Así, podemos observar como el Reino de León, unido al antiguo condado de Castilla, goza de la misma posición que el condado de Barcelona -unión a un ente unido posteriormente a otro para crear España-. ¿Consideran ustedes a León una colonia?

¿Dónde está, entonces, la colonización de Cataluña? El independentismo catalán la sitúa en la guerra de sucesión española; una guerra dinástica en la que las distintas potencias europeas participaron para apoyar a su candidato al trono español entre dos casas: los Austrias y los actuales Borbones. Los Borbones defendían un nuevo modelo de estado, en el que un derecho nacional, que no hiciera distinción por territorios, sustituyese a los distintos derechos medievales de los diferentes reinos, desterrando los últimos vestigios del feudalismo europeo -muy presentes en los derechos forales-.

Como suele suceder en estas cosas, contra el cambio se resiste quien se ve perjudicado por él: en este caso, entre otras, la burguesía y nobleza catalana. Temiendo perder los privilegios feudales construidos por sus predecesores, diversos reinos de España, acostumbrados al modelo pseudomedieval de los Austrias del que sin duda se beneficiaban, se alinearon con el candidato de la Casa de Austria. La guerra fue cruenta y terminó con la toma de Barcelona (en 1714), tras la cual se dictaron los Decretos de Nueva Planta, que derogaban los derechos medievales de los distintos reinos de España. Una guerra civil, y una facción vencedora. No sería la primera ni la última vez en nuestro país. ¿Una colonización de Cataluña que, como pueblo todavía oprimido por la metrópoli castellana, merece un "derecho de autodeterminación" que los libre de sus cadenas? Resulta interesante observar cómo cuando, cien años después (1808), Napoleón ofreció a Cataluña anexionarse a un imperio más avanzado y moderno, los catalanes se echaron al monte como el resto de españoles, convirtiéndose en los primeros en derrotar al entonces invicto ejército francés en la batalla del Timbaler del Bruc. Otro dato que suele obviarse es la entrega del monopolio de comercio de los textiles a Cataluña, como parte de una política económica española de carácter general que benefició enormemente a la región, protegiéndola de los efectos de sucesivas crisis que mermaron la industria del resto del país.
¿Les huele a colonia? A mí tampoco.