viernes, 6 de octubre de 2017

El lunes puede ser muy tarde


Y llegó el 1 de octubre con el peor de los escenarios. Un espectáculo ensayado, pre-orquestado perfectamente, coordinado entre unos Mossos cuyo mando les ordenó ignorar la orden del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña de precintar centros electorales –que hubiera evitado la mayor parte de los incidentes- y unas masas que acorralaron y provocaron a una Policía Nacional y Guardia Civil que sí acató la orden judicial durante toda la jornada, en el marco del operativo solicitado por la Fiscalía y coordinado por el Ministerio del Interior. El resultado, la antiestética imagen del policía retirando urnas entre unas masas embravecidas y de “votantes” heridos en su intento de votar. A favor o en contra de la Constitución, a pocos españoles no revolvió el estómago la vergüenza ante el desastre democrático que la jornada supuso, principalmente, por el espectáculo embarazoso que transmite al mundo no ya la intervención policial y sus cuatro imágenes más impactantes, sino el que se haya podido llegar hasta aquí en un país civilizado de Europa, en pleno siglo XXI, en una región rica y próspera con un grado de autogobierno que deja a la sombra a la práctica totalidad de las regiones de Europa.



Varios días después del desastre, en España comienzan a conocerse las vicisitudes de la jornada. De los 890 “heridos” (cifra a la ligera dada por válida y que, no debe olvidarse, se publicó por institución tan poco sospechosa de imparcialidad como el propio Govern catalán  que convocó el referéndum a sabiendas de su ilegalidad, embarcando a la mitad de Cataluña en  una coartada colectiva de difícil salida), trasciende que sólo 4 fueron hospitalizados, dos leves y dos graves, uno de ellos de un infarto mientras se producía un altercado.[1] Nadie niega lo evidente: hubo excesos que deben reprocharse y  nos entristecen. Notorios son y no revelo a nadie nada enumerándolos. Pero también hubo muchas otras cosas, que muchos diarios internacionales obvian y que, si tenemos algún apego a la verdad, es preciso difundir: innumerables imágenes falsas (como la del niño sangrando que correspondía a una intervención de los Mossos en 2012),[2]  declaraciones falsas y dirigidas como las de una mujer que afirmaba que un Policía Nacional “le había roto uno a uno varios dedos” y “le había agredido sexualmente” (ambos incidentes difundidos a la prensa internacional por Gerard Piqué y Ada Colau respectivamente) para luego admitir que lo primero en realidad era una capsulitis en un dedo y lo segundo “se lo había inventado por el calor del momento”,[3]  acoso, empujones, pedradas y provocaciones permanentes a los agentes buscando la foto,[4] niños que tenían que estar en su casa utilizados como escudos humanos,[5] intervención de los mismos hackers rusos que colaboraron con la victoria de Trump,[6] policías y guardias civiles hostigados con nocturnidad en sus habitaciones o camarotes,[7] cuando no directamente expulsados de sus propios hoteles o de poblaciones por turbas violentas y enloquecidas.[8]

Todo ello por no hablar del bochornoso adoctrinamiento de menores por parte de los servidores de la enseñanza pública catalana que, no contentos con explicar desde hace años Historia falsa en las aulas[9] o desterrar el castellano en la formación de los niños,[10] han demostrado una absoluta falta de escrúpulos esta semana al bombardear a los menores con propaganda de condena de “la policía asesina de ocupación española” (Guardia Civil y Policía Nacional comparten desde la creación del cuerpo de policía catalana o Mossos d’Esquadra las funciones policiales con dicho cuerpo, como en el País Vasco o Navarra). A nadie sorprende ya tampoco, en esta línea, que la manipulación sistemática de TV3 (cadena pública que, debiendo por ley ser plural y de todos, lleva ya años ofreciendo el tiempo detallado del sur de Francia y Andorra pero no del resto de la península),[11] haya emitido en su canal infantil un virulento alegato frente a esos policías invasores y violentos que oprimen al indefenso pueblo catalán.[12]

Lo siguiente, la declaración unilateral de independencia el próximo lunes, con única coartada en el teatro de referéndum que vimos el domingo: sin censo, sin órganos neutrales, sin autoridad electoral, sin sobres, sin identificación y cruce de datos para impedir el voto múltiple, mesas constituidas en casas particulares (como la de Anna Gabriel), sin quórum o participación mínima, incumpliendo hasta lo dispuesto por la propia norma ilegal que pretendía darle cobertura, sin campaña o participación alguna de los defensores del “SÍ” a la convivencia. ¿El resultado? Si en un achaque de ingenuidad tomáramos por válidos los datos recabados con estas carencias (lo que no sólo ofende a la inteligencia sino que ha sido desestimado expresamente por los propios “observadores” internacionales convocados por la Generalitat), el 30% de los catalanes (el 89.3% de 2.262.424 de votos, en una comunidad con 5.311.000 votantes en su censo), estaría independizando al 70% restante.

Frente a esto, podríamos hacer de nuevo un profuso y denso estudio de cómo la dejación de funciones del Gobierno en Cataluña durante décadas ha permitido que una minoría intolerante acapare la hegemonía política de la región, acorralando metro a metro a esa otrora aplastante mayoría de catalanes (ahora se sitúa, encuesta arriba, encuesta abajo, en la mitad) que aprobaron con mayor ímpetu que la media nacional –nada menos que un 91%- el proyecto democrático común en 1978. También podríamos proponer otro análisis, que haría correr ríos de tinta, sobre el porqué di dicha dejación (sin ir más lejos, lo traté en un reciente artículo este verano titulado “Franco no ha muerto”).[13]

Asimismo, podríamos abrir un debate sobre qué ha fallado en la gestión de la crisis por un Gobierno que ha permanecido impasible mientras se trasladaba la revuelta frente a la Constitución de los despachos a la calle. Que ha preferido enterrar la cabeza (muy característico de Mariano Rajoy, especialista en ignorar los problemas hasta que se pudren) mientras un President en rebeldía contra el orden democrático se convertía progresivamente en medio Parlament rebelde, en más de 700 alcaldes rebeldes, en 10.000 voluntarios del referéndum rebeldes, en más de un millón largo de ciudadanos participando en un atentado contra el principio de legalidad, el Estatuto de Autonomía de Cataluña, la Constitución Española y los fundamentos de cualquier democracia constitucional.

Posteriormente nos llevaríamos todos las manos a la cabeza ante las reacciones iniciales de la prensa internacional por la gestión de la crisis, acompañadas de un llamamiento al “diálogo” que, por definición, consideraba “interlocutor válido” a un Carles Puigdemont que ha acumulado ya al delito de desobediencia cometido aquel fatídico 6 de septiembre los de malversación de caudales y sedición, y que va camino del más grave tipo de rebelión si consuma el golpe mediante la declaración unilateral de independencia. En el marco de la Constitución, “dialoguen con el delincuente”, nos recomendaban desde la Comisión Europea, ante la estupefacción e indignación de buena parte de la ciudadanía española. ¿Y es que a nadie se le ha ocurrido que si cualquier demócrata de un Estado de Derecho en condiciones ve a dos políticos lanzarse bravuconadas, cada uno desde su respectiva sala de prensa, es incapaz de concebir que uno de ellos lleve un mes cometiendo delitos y anunciando otros a pecho descubierto, debiendo por tanto estar ya inhabilitado o en la cárcel? ¿Dónde está, entonces, el Estado de Derecho? Cualquier hijo de vecino a miles de kilómetros de distancia, en una Democracia que se precie,  no puede sino imaginar que ambos discrepan, dentro de la legalidad, en torno a una cuestión meramente política y los dos, por tanto, gozan si no de su buena parte de razón, desde luego de legitimidad para hablar desde su tribuna; ambos deberán, en consecuencia, dialogar para hallar una solución, como es deber de los políticos; ambos son “interlocutores válidos”. ¿Cómo hemos podido permitir este escenario?

Sin embargo, de nada sirve lamerse las heridas a menos de una semana de la declaración unilateral de independencia. Es preciso tomar las decisiones y habilitar los mecanismos que la Constitución española prevé para abortar este salto al abismo, antes de que sea demasiado tarde –quizá no para la recuperación del Estado de Derecho, pero ciertamente sí para que nos hagamos heridas que tomarán décadas en cerrar-. Actuar en defensa de la Constitución española, del Estatuto de Cataluña, del Estado de Derecho sin el cual no hay libertad posible.

En cuanto a Europa, sin perjuicio de la rectificación progresiva que las instituciones comunitarias y la prensa internacional han venido acometiendo según fluía la información hacia Bruselas y el resto del mundo, es preciso que tome nota de algo: “dentro de la Constitución” implica el respeto del principio de legalidad del artículo 9.3 (esto es, el sometimiento de ciudadanos y autoridades al ordenamiento jurídico del que surge su legitimidad –dentro del mismo, por supuesto, al Código Penal-), al principio de igualdad de todos los españoles del artículo 14 (esto es, que si yo cometo un delito asumiré mi responsabilidad penal y si Carles Puigdemont ha cometido tres ha de asumir la suya) y al artículo 155, calcado de la Constitución alemana, que establece claramente que si una Comunidad Autónoma no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, el Gobierno podrá adoptar las medidas necesarias para obligar a aquélla al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones.

En este sentido, proteger legítimamente, con la Constitución en la mano, a los millones de catalanes que quieren seguir siendo españoles, que no quieren un billete sin retorno fuera de la Unión Europea y del Estado de Derecho -ni mucho menos para entregarse a una República Catalana fracturada, marginada internacionalmente, quebrada económicamente y en manos de las CUP- no es una opción, sino un deber inaplazable del Gobierno. Un deber que el propio Rey tuvo que recordarle ante su inacción el pasado martes. Ya hemos llegado tarde a la primera vía, permitiendo que el conflicto se extendiera a la sociedad. No lleguemos tarde también al artículo 155. Cada día que pasa puede hacer insuficiente el mismo y necesario el estado de excepción.

Me sumo a la demanda de tantos españoles de toda clase y condición: si Mariano Rajoy no se atreve a cumplir su juramento, a defender la Constitución y el marco de convivencia que ha garantizado los mejores 40 años de nuestra historia, que deje paso.



viernes, 22 de septiembre de 2017

El voto antidemocrático

https://oglobo.globo.com/mundo/artigo-catalunha-voto-antidemocratico-21855814



Publicado en O Globo, Río de Janeiro, 22 de septiembre de 2017.

Versión en español:

Todos los ciudadanos apreciamos la Democracia, la defendemos, pero… ¿sabríamos definirla? Una definición apresurada aludiría a su elemento más reconocible: Democracia es votar. Y, sin embargo, ¿siempre lo es? ¿Es democrática una nación en que una mayoría (racial, religiosa, ideológica o social), a través de una votación, discrimina, vulnera los derechos fundamentales o esclaviza a una minoría? No; no hay Democracia en la “tiranía de la mayoría” (Madison), pero tampoco sin separación de poderes. Por supuesto, tampoco puede haberla sin respeto a la ley democrática; puede haber leyes sin Democracia, pero no existe Democracia sin ley.

En la tierra de mi abuela, Cataluña, el “referéndum” del 1 de octubre se ha convocado vulnerando no sólo la Constitución española, que garantiza desde hace hace décadas los derechos fundamentales y la convivencia democrática en España (no olvidemos, una de las naciones más antiguas de Europa y del mundo), sino la propia legalidad catalana y su norma fundamental: el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que, precisando de una mayoría de 2/3 para su reforma, ha sido dilapidado el pasado 6 de septiembre por una mayoría parlamentaria que ni alcanza dicha cifra ni tan siquiera supera en votos a los partidos de la oposición. Todo ello incumpliendo los trámites parlamentarios, vulnerando los derechos fundamentales de la oposición y desoyendo al Tribunal Constitucional y el Consejo de Garantías, esgrimiendo un derecho de autodeterminación que la ONU sólo reconoce a las naciones colonizadas u oprimidas, y que tan sólo Sudán, Etiopía y Uzbekistán reconocen a sus regiones. 

Todas las naciones modernas y prósperas reconocen el principio de soberanía nacional: la incapacidad de los territorios de separarse unilateralmente, al no poder disponer una “parte” sobre el “todo”; el Tribunal Supremo estadounidense lo advirtió hace 100 años a Texas, y el Tribunal Constitucional alemán este año hizo lo propio con Baviera. Votar es democrático, pero hacerlo vulnerando los derechos de la minoría parlamentaria, desobedeciendo a los tribunales y vulnerando el Estado de Derecho no puede, jamás podrá, ser democrático. Es otra cosa.

martes, 8 de agosto de 2017

Franco no ha muerto

Curioso resulta el efecto que un ya lejano Franquismo –este año se cumplen 40 de las primeras elecciones de la Transición- sigue desplegando, cual negras alas, sobre una parte relevante de la sociedad española. Un efecto perverso, absurdo y no desprovisto de un considerable grado de paranoia, consistente en que las posiciones políticas o históricas se calculan en virtud de su distancia con el difunto “Generalísimo”. Franco ha muerto, sí, pero sigue condicionando la actualidad y el posicionamiento político cual vértice geodésico (mudo e invisible, pero siempre presente) desde el cual se calibran las propias ideas, las convicciones políticas e incluso históricas, en la España del siglo XXI.



Sólo así pueden explicarse –y mucho me costó entenderlo, desde la claridad de la distancia con que una ciudad de West Yorkshire me obsequió hace unos años- fenómenos paranormales endémicos de España y que desde el exterior causan en el mejor de los casos curiosidad, en el común de ellos sencilla incomprensión y, en los extremos más graves, abierta incredulidad. Hablo, por supuesto, de fantasmas como aquél que planea sobre una bandera con más de doscientos años de historia (cuya invención, sorprendentemente, se atribuye por algunos -aún hoy- a una dictadura que comenzó su andadura hace 78 años), o sobre el descubrimiento y colonización española de Latinoamérica, hecho histórico sin el cual es sencillamente incomprensible el mundo actual y tantas veces reducido (por iluminados que, en absoluta falta de perspectiva histórica -por no decir lisa y llana ignorancia- pretenden juzgar el pasado con los ojos del presente) a un despiadado, brutal y sistematizado genocidio de indígenas americanos. La operación mental es sencilla: Franco exaltó la gloria del pasado Imperio, ergo, en lógico y matemático silogismo hipotético, un imperio fundado 400 años antes del nacimiento del Dictador era en realidad una gran operación franquista. 

No obstante, las más graves y patentes manifestaciones de este vértice político invisible –Franco- y sus efectos en la actualidad política española se aprecian en todo lo relacionado con nacionalismos y regionalismos. La diferencia con nuestros socios europeos no se refiere a la existencia de dichos movimientos –y ahí están flamencos, alsacianos, bretones, bávaros, silesios, frisos, escoceses, galeses, norirlandeses, mirandeses y “padanos” como pruebas vivientes- sino en cuanto a la actitud de los partidos de gobierno ante los mismos. Franco configuró un Estado centralista, motivo por el cual el centralismo, en aplicación del mismo silogismo anterior, es también abiertamente fascista y franquista y, en la misma lógica, cuanto menos se aprecia el centralismo más progresista y demócrata se es (por supuesto, desde esta perspectiva, la República Francesa es un perfecto ejemplo de fascismo en la Unión Europea). 

Es por este motivo que en España, curiosa patología, una parte relevante de la sociedad (y, en particular, de la izquierda política) acepta sin sonrojarse -cuando no defiende con ahínco- una vergonzosa desigualdad de derechos y obligaciones entre ciudadanos del mismo país (véase los privilegios fiscales de País Vasco y Navarra), pero consideraría intolerable y retrógrada la devolución de competencias que garantizan la igualdad de oportunidades -como Sanidad o Educación- a la Administración General del Estado. Sólo en España sería posible concebir que, en una conferencia en la que el primer ponente fuera un flamante y convencido nacionalista que reclamara el otorgamiento de privilegios y prebendas a su región por encima del resto de ciudadanos del país, y el segundo ponente otra persona que abogara por la recuperación por el Estado de determinadas competencias en garantía de la igualdad de los ciudadanos o la eficacia de la actuación pública, el segundo de ellos corriera con mayor riesgo de ser reprobado por fascista o reaccionario que el primero. Esto es, en España es más políticamente correcto exigir el privilegio y la discriminación para una parte que defender la igualdad de derechos para el todo. 


En similares términos, habiendo sido ya advertidos internacionalmente -por tan reconocidos nacionalistas españoles como los historiadores británicos- de que la Generalitat de Cataluña adoctrina en Historia falsa en sus libros de texto (describiendo, por ejemplo, la guerra de sucesión de 1714 como una “conquista” por “España” de Cataluña), no se reacciona en defensa de la verdad histórica. ¿El motivo? Una intervención de la Alta Inspección del Estado que combatiera la propagación a los más débiles de abiertas y burdas mentiras sería a buen seguro abiertamente tildada de “fascista”. En cambio, como efecto de la descrita patología sociológica, la manipulación  de la Historia por el nacionalismo catalán -al más puro estilo de “1984”- será, por supuesto, considerada mucho más compatible con la Democracia que la recuperación a nivel nacional de unas competencias arbitrariamente ejercidas. 

En la misma línea, con la Generalitat de Cataluña en abierta rebeldía desde hace más de dos años -salvo en lo que se refiere a poner la mano al FLA por miles de millones de euros financiados por el resto de españoles-, resulta evidente que una hipotética aplicación del artículo 155 de la Constitución, en salvaguarda de una legalidad constitucional que costó casi 200 años de guerras civiles conseguir, será considerada por gran parte del pueblo español como “reaccionaria” o “fascista” frente al desafío al Estado de Derecho por una institución constitucional –El Govern- cuyo poder nace precisamente del Estatut y la Constitución que ahora se pretenden dilapidar. La defensa de una democracia con base en los propios mecanismos constitucionales de la misma es, exclusivamente en España, más democráticamente reprochable que el propio desafío a la misma. ¿El mundo al revés? No, sencillamente el efecto de ese vértice invisible que todo lo condiciona, todo lo distorsiona, en la política española. 

Se equivocaba Arias Navarro: Franco sigue vivo en cada trinchera ideológica, en cada una de las posiciones políticas asumidas por la ciudadanía sin sentido crítico, sin criterio propio y racional. Sigue vivo en cada una de las verdades políticamente incorrectas que no pueden defenderse por acción del efecto descrito, y en cada uno de los mitos y mantras que asumimos las sucesivas generaciones sin contrastar, sin siquiera cuestionar, en un relato de buenos y malos siempre utilizado a conveniencia por los líderes de turno.

No, Franco no ha muerto. No lo hará mientras no nos atrevamos a sacudirnos su larga sombra de la espalda y comencemos a caminar, a pensar, en libertad, por nosotros mismos. ¿Seremos capaces?

lunes, 22 de mayo de 2017

Los lejanos Pirineos


Resuena todavía el eco de las miles de voces, entre las que se encuentra la mía propia, que celebraron la victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales francesas. Dicha victoria lo es, en último término, de la Francia que conocemos y, muy especialmente, de una unión entre europeos que el pasado verano sufriera su más profunda e ineseperada herida: el final y fatal abandono del barco por los británicos.

Soplan, pues, vientos esperanzadores al norte de los Pirineos. El triunfo de la reforma frente a la revancha, de la cooperación sobre el enfrentamiento, supone un espaldarazo para todos aquellos convencidos de que el Estado de Derecho, la Democracia y los valores liberales de nuestra sociedad tan  sólo pueden defenderse eficazmente, ante los retos del siglo XXI, en el contexto de una Unión Europea fuerte, eficaz y, sobretodo, existente. En este último campo en particular, no puede ni debe desdeñarse el insustituible rol de la República Francesa; a nadie escapa que Francia y el pueblo francés suponen la argamasa indiscutible de los pueblos del viejo continente, el término medio –en muchos sentidos- entre los países mediterráneos de tradición católica –herederos del antiguo imperio romano y su lengua latina- y los pueblos anglosajones, bálticos y germanos, de tradición fundamentalmente luterana, donde la presencia romana fue circunstancial o limitada a la protección de los limes –fronteras- del Imperio. Sin la perspectiva que otorga una distancia que puede ser mucha (Europa es, en realidad, un minúsculo rincón geográfico en la superficie habitada del planeta) resulta verdaderamente inconcebible unión alguna entre pueblos occidentales pero sin duda muy distintos como el griego y  el holandés, el finés y el croata, el portugués y el polaco, el irlandés y el español. Francia es, sin duda, el corazón de Europa occidental, y así como aún puede concebirse una Unión Europea “continental” tras la reciente y dolorosa amputación del Reino Unido, resulta del todo imposible imaginar proyecto colectivo europeo alguno sin la pertenencia y liderazgo de la patria de Víctor Hugo.
Resulta envidiable el espíritu de renovación que se respira estos días en el país vecino, que ha ofrecido su mejor cara ante los oscuros nubarrones de su peor amenaza, un Frente Nacional capaz de aglutinar un 33,9 % de los votos, apostando por un proyecto integrador, europeísta y realista, frente a las seductores promesas del más detestable populismo. Un proyecto que respaldaron expresa y públicamente los líderes conservador y socialista, tras descolgarse de una segunda vuelta, en un ejercicio de envidiable realismo, sensatez, generosidad y patriotismo.

Es ese gesto, y el significado que esconde, el que despierta estos días mi más sincera y sana envidia como ciudadano. Al otro lado de los Pirineos, resulta en estos tiempos inimaginable imagen similar. Un Partido Socialista todavía descolocado ante la irrupción de su bestia negra –o más bien morada-, acosado aún por los rubores que todavía le produce una abstención en la investidura de Mariano Rajoy a la que no existía alternativa plausible, ha resultado en estas últimas semanas del todo inútil a los españoles que sufragan sus cargos públicos, encadenándose de nuevo a una negativa incondicionada y ab initio a negociar los presupuestos. De perfil ante el debate presupuestario, acobardado por el qué dirán desde una extrema izquierda incapaz de salir de la trinchera guerracivilista, el Partido Socialista ha preferido ver desfilar victoriosas, nuevamente, las banderas del privilegio y la desigualdad entre españoles a actuar con sentido de estado y negociar “mejoras” sociales en beneficio de la ciudadanía española.
Para los españoles que no queremos ciudadanos –ni comunidades autónomas- de primera y segunda clase, que no aspiramos a ser más que el resto de españoles pero exigimos no serlo menos, estamos sin duda ante una nueva derrota. La igualdad y solidaridad entre ciudadanos de un mismo país –y la Constitución con ellas- se ven de nuevo defenestradas en el altar del chantaje político nacionalista, entre las cínicas sonrisas de unos representantes del egoísmo territorial que, puntuales siempre a la cita, acuden a la casa de todos para interesarse exclusivamente por el  “qué hay de lo mío”. Ocultando su responsabilidad directa en la situación, los portavoces del Partido Socialista capearon estas semanas el elefante en la sala ironizando sobre qué diría el Partido Popular ante un pacto similar entre PSOE y nacionalistas, como si ni fuera con ellos.
Poca esperanza a este respecto ofrecen los resultados de las primarias socialistas del pasado domingo, que han reinstaurado en su trono al candidato del “no es no”, del “ellos o nosotros”, del conmigo o contra mí. La década se agota y corren malos tiempos para el debate constructivo, el diálogo productivo, el consenso mínimo, el acuerdo necesario.

¡Qué lejos quedan los Pirineos en ocasiones!

viernes, 23 de septiembre de 2016

Estar a la altura

Los españoles estamos saturados de política. La eterna campaña electoral no tiene visos de querer llegar a su fin, los telediarios y periódicos nos bombardean todos los días con alusiones al bloqueo político actual, seguidas de las declaraciones de sus sonrientes causantes, condenándolo y lavándose las manos al mismo tiempo como si no fuera con ellos. El otro día un autor lamentaba, con toda la razón, que no defendió con su vida la democracia española en el País Vasco, en los duros años de plomo, para esto.

Nadie pone en duda ya que nos encontramos en un punto de inflexión de nuestra historia democrática. Las discrepancias aparecen, en cambio, al preguntarnos, con todo sentido: ¿nos encontramos ya en esa nueva etapa, en la estación de destino, o cabalgamos todavía los últimos estertores de un sistema que expira y que, cual ave Fénix, renacerá renovado de sus cenizas?

Me cuento entre los que apuestan por el último escenario. Vivimos los últimos días de un modelo que llega a su fin –o, al menos, debe hacerlo-; aquél que asombró al mundo al dar forma a una de las más exitosas transiciones democráticas , reintegrando a España a un constitucionalismo que prácticamente había inaugurado más de un siglo y medio antes, en los albores de un siglo XIX que después dedicaríamos a nuestra triste y principal afición durante largas décadas: desangrarnos en conflictos internos y guerras civiles en defensa del legítimo derecho de gobierno de liberales, carlistas, nacionales y republicanos.

Las cosas de palacio, se dice, van despacio. No todo fueron mariposas y apretones de manos en la Transición política. España pasó de acuchillar al rival a soportarlo, lo cual era un paso decisivo, pero no definitivo. ¿En algún momento del camino aprendimos a aceptar verdaderamente –que no meramente soportar- al rival democrático? ¿Es que en algún momento abandonamos el frentismo, esta vez democrático, en el nuevo sistema político que vio nacer la Transición? Mi generación ha vivido los últimos efluvios de una guerra civil que pertenece a la Historia pero sigue condicionando el presente de nuestro país: la bandera de más de dos siglos que una parte de la población cree inventada por Franco, la identificación del ajeno o contrario al nacionalismo periférico como nacionalista español, el complejo de inferioridad frente a otras naciones europeas con sus propios vicios y virtudes...

En España, como decíamos, y a excepción de un terrorismo vasco que parece haber desaparecido al fin, pasamos de matarnos a soportarnos. Cambiamos el fusil por el micrófono y la letra impresa, pero el frentismo ha continuado su andadura por una sencilla razón: ha sido excepcionalmente rentable en términos políticos.

En efecto, es mucho más fácil construir un relato acudiendo al bueno y al malo, al “ellos” y el “nosotros”, que intentando explicar las bondades del ideario o la gestión propia. ¿Por qué tomarse el tiempo de construir una torre más alta, cual familia adinerada de San Gimignano, cuando simplemente puedes derribar la del rival? Es mucho más fácil discutir por posiciones que entrar al debate de las ideas, donde cada uno ha de tomar partido en función de su propia razón y conciencia, y no del “pack” ideológico al que ha decidido adherirse o al que permanece afiliado desde niño por tradición familiar. En España, no es ningún secreto, la mayor parte de la población ha sido siempre de un equipo de fútbol y de un partido político.

El frentismo tiene otra ventaja elemental, que conocen muy bien los moradores de sistemas políticos bipartidistas. No es preciso hacer las cosas bien para ganar las elecciones, tan sólo es necesario que tu oponente las haga peor. Y, si los gobiernos se asemejan demasiado, nada como agitar el aborto o la religión en las aulas para espolear esas diferencias irreconciliables que separarán siempre a los depositarios del turnismo.

Así que, acostumbrados a la antigua usanza bipartidista -engrasada con bisagras nacionalistas en aquellas legislaturas sin mayoría absoluta-, llegan las tan esperadas elecciones generales del pasado 20 de diciembre. Dos nuevas fuerzas irrumpen en el panorama político nacional y no sólo ningún partido tiene mayoría absoluta, sino que ningún “bloque ideológico” (izquierda, centro-izquierda o centro derecha) obtiene los suficientes apoyos para llegar a un pacto a dos e investir un gobierno.

A alguien se le ocurre que la solución al atolladero pueden ser unas segundas elecciones, así que acudimos a ellas para descubrir que, escaño arriba o escaño abajo, sorpasso o “tortasso” aparte, el cuatripartidismo ha venido para quedarse y la situación de bloqueo se repite. ¿Y para qué? Pedro Sánchez le da a probar de su propia medicina a Mariano Rajoy en una investidura fallida, y el crono vuelve a contar hacia unas terceras elecciones que supondrán una auténtica vergüenza nacional y provocan ya indisimuladas sonrisas en el mundo independentista: “¿no os habíamos dicho que este país nunca va a funcionar?”.

De nada servirían las dulces promesas de un presidencialismo en el que poder perpetuar el guerracivilismo –poco viables dado el actual estancamiento-, ya que este sistema puede ser aún más dañino en manos de partidos que no saben ceder o hacer una oposición responsable. No. En atenta mirada, es evidente que el verdadero problema no reside en las reglas de juego del sistema político español. Reside en los jugadores, esto es, en los secretarios generales y presidentes de las calles Ferraz y Génova, dispuestos a paralizar el país hasta sentarse -o renovarse, según el caso- en la cabecera del Consejo de Ministros.

Asomados al barranco de unas terceras elecciones, es el momento de aceptar el momento histórico actual. Sólo hay, en realidad, dos opciones.

La primera es seguir en la negativa cerril, en las trincheras ideológicas –más folclóricas que reales- cerrando los ojos a una sociedad que es distinta y más plural. El resultado es el desencanto ciudadano, la desconfianza en la política, el fracaso como democracia y el bloqueo permanente.

La segunda es enterrar definitivamente el frentismo, aceptar, mediante una abstención, el gobierno de quien más apoyos parlamentarios reúna, y cerrar un capítulo exitoso pero agotado de nuestra historia. El resultado es la colocación definitiva de esa primera piedra de la tan esperada Segunda Transición hacia una sociedad más exigente, más respetuosa, más democrática. Todo en un gesto irreversible y sin precedentes: la aceptación final del gobierno del otro. El derecho de una democracia madura, si se quiere, a “equivocarse” democráticamente en favor del rival.

Será difícil, sí, pero más lo fue sin duda transitar con éxito aquella primera Transición. Muchos apostaron a que no seríamos capaces, pero lo fuimos.


¿Estaremos a la altura esta vez?

domingo, 31 de julio de 2016

Mariano XIV de España

“L’Etat, c’est moi.” – “El Estado soy yo.”

(Luis XIV)

El día 26 de junio Mariano Rajoy salió al balcón de la calle Génova (a escasos pasos de donde los discos duros de Luis Bárcenas fueran reventado a martillazos) a celebrar una gran victoria del Partido Popular en las elecciones. En su discurso, el Presidente del Gobierno en funciones afirmó que quería gobernar España durante los próximos cuatro años.

Creo que ningún español cuestiona a estas alturas el hecho: Mariano Rajoy quiere gobernar. Lo que a algunos sí desconcierta, sin embargo, es el particular modo que el líder de Génova tiene de “intentarlo”.

Y ello por su particular modo de aceptar el encargo del Rey. El artículo 99 de la Constitución utiliza el imperativo para referirse a la comparecencia del candidato a la investidura ante el Parlamento. Pues bien, Rajoy supedita dicha comparecencia a la obtención de los “apoyos necesarios”.

Algunos se asombran –otros admiran, en un cinismo democrático satisfecho que me resulta particularmente infumable- ante la capacidad del líder popular para estirar la Constitución y, por segunda vez, prepararse para esquivar el único acto en que, no lo olvidemos, puede nombrarse un Presidente del Gobierno. Particularmente tras haber ampliado su mayoría –si bien minoritaria- en las urnas, y declarando a los cuatro vientos –como lo hace- que quiere gobernar.

Personalmente, me resulta harto difícil identificarme con aquellos a los que sorprende que Rajoy se esconda de nuevo. Yo admito que me sorprendí inicialmente al observar que no acudía a las Sesiones de Control parlamentario que se celebran todos los miércoles en el Congreso. Me sorprendí también cuando constaté que jamás acudía a las ruedas de prensa de los Consejos de Ministros –los viernes-, a los que entregó el poder legislativo al legislar por Decreto-Ley sin amago de acreditación de urgencia que se precie. Me sorprendí también en su día cuando una explicación del Presidente del Gobierno brilló por su ausencia tras la imputación del tesorero de su partido –nombrado por él-, y también cuando tampoco compareció al aparecer su nombre en los papeles de Bárcenas, ni al filtrarse el SMS del “Luis, sé fuerte”, horas después de conocerse la fortuna oculta en Suiza del ex tesorero.

Me sorprendí cuando acabó con el sistema de elección por mayoría parlamentaria reforzada del Presidente de RTVE (que garantizaba su independencia), pasando a nombrarlo directamente él mismo. Me sorprendí, asimismo, cuando dio su primera de muchas ruedas de prensa a través de una pantalla de plasma, y cuando alteró el tradicional acuerdo tácito de comparecencias en las visitas internacionales, que permitían que los periodistas, de mutuo acuerdo, pactaran las dos preguntas de mayor interés y eligieran al redactor que las plantearía. Me sorprendí también cuando decidió rehuir los dos debates a cuatro de la campaña navideña a los que acudieron el resto de líderes, ausentándose en el primero y enviando a su vicepresidenta al segundo. Estupefacto asistí a su negativa a que el Gobierno en funciones –con el que llevaremos pronto un año- fuera objeto de control parlamentario.

Me sorprendí por última vez cuando, tras haber ganado las elecciones y declarado su intención de gobernar, declinó –nunca antes nadie lo había hecho- el mandato del Jefe del Estado para acudir a la investidura, tiznando frívolamente de “ridículo” el único ejercicio real de sentido de Estado que ha ejercido un Pedro Sánchez que sí aceptó acudir a la investidura y que, tras no ser investido presidente, puso al menos en marcha un calendario constitucional bloqueado.

Hoy, como decía, Mariano Rajoy pretende convertir el imperativo constitucional en una opción sujeta a su voluntad. Como bien resumía Enriq González en El Mundo, ni siquiera está dispuesto a que se vote sin conocer de antemano el resultado de la votación. Algunos lo atribuyen a su “manejo de los tiempos” –que, en mi opinión, lejos de ser digno de elogio, consiste sencillamente en llenarlos de un vacío que consuma todo lo demás-, pero yo lo tengo claro desde hace tiempo. La razón de fondo, el motivo fundamental, que justifica el comportamiento de Mariano Rajoy –en esta y en las demás ocasiones que su comportamiento ha sorprendido- es mucho más simple. Mariano Rajoy no es, a fin de cuentas, un gran demócrata.

En realidad -estoy  convencido- le hubiera gustado nacer tres siglos atrás, en aquellos felices tiempos del llamado Antiguo Régimen, previo a las guillotinas, las constituciones y las huelgas. Sí, Mariano Rajoy habría sido feliz en los tiempos de Luis XIV, cuando Europa era gobernada por el puño de hierro de los monarcas absolutos.

Como pequeña reseña histórica, recordemos que el absolutismo es el poder absoluto, ilimitado, en manos del monarca. La soberanía no reside en el pueblo, sino en el príncipe, sólo sometido a la Ley Divina. Suele confundirse con el totalitarismo que vería nacer el siglo XX, pero goza de una diferencia esencial con éste. El totalitarismo parte de una ideología en la que funda su derecho a gobernar, en la que identifica su causa y en el seno de la cual encuentra sus propios límites. Nadie, ni siquiera el líder, está por encima de la causa y el poder se ejerce –al menos en el plano teórico- en nombre del pueblo; por el pueblo. El absolutismo, en cambio, no justifica el poder en ideología alguna. El poder absoluto no es un medio para la construcción de la sociedad, sino un fin en sí mismo. La única ideología necesaria es la aceptación de la supremacía real, y la sagrada obediencia al soberano elegido por Dios, en cuya mano se concentran los poderes. En resumidas cuentas, acudiendo a la célebre cita atribuida al gran Luis XIV: “L’Etat, c’est moi”.


No es difícil imaginar a un Rajoy extasiado ante la corona y el cetro, ante la posibilidad de acabar de un plumazo con esas molestas ruedas de prensa, esos insoportables debates electorales, esa tediosa oposición, esos engreídos organismos que se dicen independientes y pretenden controlar y limitar el ejercicio del poder, esa intratable prensa que publica tus vergüenzas, esos programas electorales que luego pretenden que cumplas, esas aburridas negociaciones para formar Gobierno, esas absurdas sesiones de investidura, esa molesta Constitución que, convenientemente aplicada, obligaría a celebrar primarias en los partidos políticos y a respetar la imperativa urgencia del Decreto-ley, impidiendo legislar mediante Consejos de Ministros… Todos fuera, de un plumazo. Sí, un paraíso terrenal para Mariano XIV de España.

Por eso, cuando afirmo que Mariano Rajoy no es precisamente un demócrata convencido no lo hago con base en una opinión personal. Me remito a los principios en los que se basa la Democracia parlamentaria, y al tratamiento del Presidente en funciones de los mismos: (i) ¿Rendición de cuentas al Parlamento y la sociedad? Sírvanse ustedes mismos; (ii) ¿Responsabilidad política? ¿Eso qué es? (iii) ¿Separación de poderes?  Ni hablar del peluquín. (iv) ¿Negociación para la investidura? ¿Para qué, cuando puedo simplemente amenazar con ir a unas nuevas elecciones en las que el hastío y una previsible abstención astronómica probablemente ampliarán mi mayoría minoritaria?

En realidad, poco puede esperarse en este campo de quien lleva hoy trece años dirigiendo un partido sin haber sometido su gestión a refrendo alguno de sus compañeros de filas –cuatro elecciones generales y decenas de casos de corrupción de por medio-. Trece años al mando, no debe olvidarse, sin haber llegado a dicha posición, en un primer momento, mediante votación alguna, sino por la mera designación de su predecesor en el cargo. Trece años tras los cuales no considera que exista nadie que pueda sucederle  en su propio partido.

¿Algún día entregará el testigo, o al menos permitirá competir por él, a algún potencial sucesor? Es ésta una incognita sujeta a la bruma de los tiempos; esos por cuyo manejo tanto elogio recibe el Presidente en funciones. Y es que de España, en personal revisión del célebre microrrelato El Dinosaurio, bien puede decirse que “Cuando despertó, Rajoy seguía ahí”.