viernes, 17 de junio de 2016

Brexit: un punto de inflexión

El día 26 de junio hay elecciones generales en España. De nuevo, los candidatos hasta en la sopa. Mítines, programas televisivos, debates, discursos, encuestas, recados personales entre candidatos, globos y demás parafernalia al servicio de una nueva temporada de política para el consumo. Decimos que no nos importa, que nos tienen hartos, pero rebuscamos en los periódicos la encuesta del día. Claro es que el hartazgo es palpable, indiscutible, pero no puede decirse lo mismo de la falta de interés. ¡Pues claro que nos importa!

La tertulia en el bar, el vídeo viral del día, los chistes gráficos a través de whatsapp… El estruendo es ensordecedor. El “que no nos representan” ha dado paso, con la entrada de nuevas fuerzas políticas, al “sólo los míos nos representan”. Una sociedad más -y no digo mejor- políticamente movilizada que la de hace unos años se entrega a un nuevo proceso electoral, el quinto, sin saber si será el definitivo de la serie.


Por el otro lado aparece la Eurocopa, cargada de tensión por las medidas de seguridad y una insólita competición de barbarie y estupidez entre los ultras de las diferentes hinchadas nacionales. Definitivamente, nos espera un junio entretenido.

El barullo nos impide ver con perspectiva, sin embargo, la que es la gran cita de este junio de 2016. Nadie recordará dentro de cincuenta años la Eurocopa que -pongamos por caso- Francia levantará en su propio país, coronándose tras quince años sin títulos. Muy pocos recordarán el resultado de unas elecciones que, desde un punto de vista de aritmética práctica parlamentaria, escasas diferencias arrojarán con las anteriores que vinieron a repetir. Sin embargo, el Reino Unido podría decidir este mismo 23 de junio abandonar el proyecto europeo.




Lo que está verdaderamente en juego, no nos engañemos, no es sólo la permanencia de la tercera economía del mercado común. Lo que respira inquieto es el sueño vislumbrado -con sus diferencias-, por hombres como Carlos V, Napoleón Bonaparte, Víctor Hugo y el propio Winston Churchill. La unidad de la Cristiandad, de Europa, los Estados Unidos de Europa.

Con sus matices, los proyectos de los hombres mencionados compartían un elemento central y común: la superación de la vieja europa fragmentada y fraticida y el avance hacia un proyecto de integración europea, capaz de perseguir objetivos comunes buscando los nexos en lugar de las diferencias entre los pueblos del viejo continente. Un proyecto capaz de tender lazos entre pueblos enemigos durante siglos, pero también hermanos, herederos todos de los tres pilares de la civilización occidental: la religión judeocristiana, el Derecho romano y la filosofía griega.


Lo que estos hombres imaginaron cada uno a su manera, Europa, tenía sentido para acabar con las eternas guerras del pasado, y se antojó para Winston Churchill como la única solución posible para evitar éstas tras una Segunda Guerra Mundial que desgarró el continente. Sin embargo, no puede olvidarse que todos ellos vivieron en tiempos en que Europa -u Occidente, al menos, en el caso de Churchill- era el centro del mundo, en que nos bastábamos solos para imponer nuestros designios en los cinco continentes y los siete mares. Lo que entonces prometía -y sigue haciéndolo- paz y armonía de puertas adentro, hoy significa también seguridad, influencia e independencia de puertas afuera, en un mundo en que los europeos somos tan sólo el 10% de la población. ¿Cómo hacer frente al gigante chino, a Estados Unidos, a la India o Rusia, si estamos divididos?


Pues bien. Todo ello, ese sueño en el que algunos hemos nacido y también crecido, al que hemos visto siempre como una roca imbatible ante la tempestad, como una nave con rumbo fijo y sin retorno posible al puerto de partida, está hoy a merced de lo que la sociedad británica decida el día 23. Las consecuencias económicas de la partida pueden ser relevantes, como demuestran las bolsas estos días, pero ciertamente es algo más que la economía lo que nos jugamos en el trance.


La Unión Europea no desaparecería con la salida del Reino Unido, pero es muy difícil sostener que seguirá siendo eso: Europa. El viejo continente y su historia no pueden explicarse sin Gran Bretaña: árbitro de los equilibrios de poder en el continente desde el Renacimiento, cuna de pensadores que sentaron las bases de la Ilustración, campo de germinación del Parlamentarismo…



El abandono de uno de los principales y más tempranos miembros de la UE (particularmente desde presente óptica de la Europa de los 28), supondría un punto de inflexión en la construcción europea, una daga en el corazón de la legitimidad histórica de la Unión, un mensaje a los países miembros y a las generaciones por venir: Europa no es intocable. Europa no es indiscutible. Europa no es, desde luego, eterna. Europa es reversible.



Yo he tenido la fortuna de vivir un intenso año de mi madurez en Inglaterra. Estudié Derecho en la Universidad de Leeds, empapándome de la concepción británica sobre el universo jurídico (el Common Law, la Constitución no escrita…), de su cosmovisión particular sobre el mundo, de su autoconfianza y, también, de su antieuropeísmo. Llegué a la conclusión de que no es un simple movimiento nacionalista lo que empuja al Reino Unido hacia este proceso de separación, sino una compleja mezcla entre autoconfianza, orgullo propio y miedo a perder las riendas de su propio destino como país, por un lado, y la nostalgia casi infantil por un Imperio hace tiempo perdido, la crisis de identidad de una sociedad diluida en tasas ingentes de inmigración y el oportunismo político más elemental.



No todo son sentimientos en la cuestión, sin embargo. El principal argumento del UK Independence Party, abanderado de la salida de la UE y tercer partido en votos en las pasadas elecciones, es que el Reino Unido se unió a un club económico que, como una bola de nieve que todo lo absorbe, ha acabado convirtiéndose en mucho más que eso, arrebatándoles paso a paso su soberanía. También se cuestiona el frenético ritmo de ampliaciones de los estados miembros que, argumentan, pueden acabar por desdibujar la propia esencia de la Unión. El déficit democrático de las Instituciones también está a la orden del día. Todas estas son, qué duda cabe, críticas válidas, que albergan reflexiones que deberíamos hacer los europeos con mayor profundidad. Sin embargo, con frecuencia suelen ir aderezadas de toda suerte de mitos que desdibujan las verdades que los subyacen. ¿Son suficientes para enterrar a Europa como proyecto político? ¿Renunciaremos a ser algo más que un gigante económico y un enano político en un mundo en constante integración?

Nadie sabe con certeza hasta dónde alcanzarían las consecuencias de la salida. Tampoco, en realidad, de una permanencia que no nos devolverá al punto de partida. Lo que sí puede afirmarse es que nos encontramos en una coyuntura histórica, un punto de inflexión. De un modo u otro, Europa abre una nueva etapa en su historia el 24 de junio.

Rusia, China, Estados Unidos y la India esperan. El 23 de junio el Reino Unido, como tantas otra veces a lo largo de la Historia, decide el destino del continente.

http://confilegal.com/20160623-brexit-punto-inflexion/

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