miércoles, 13 de julio de 2016

Brexit: cabalguemos

Escribo este artículo sobre el mismo archivo que, como una almenara encendida en la noche, destaca en el escritorio vacío de un ordenador reciente; su título: UK. Albergó el borrador del artículo que publiqué hace unas semanas, cuando aún era demasiado pronto para conocer el resultado del referéndum del día 23.
No he llegado aquí por casualidad. Volviendo a casa en autobús una canción ha despertado una profunda melancolía, una decepción sin nombre, en mi antes alegre noche. Se trata de una sensación que latía desde hace poco más de dos semanas en mí, agazapada tras la estupefacción y la incertidumbre.
La canción era “don’t let me down”, de los Beatles, y me ha transportado directamente al Liverpool de hace escasos dos años y medio donde, orgulloso y lleno de vida, embelesado quizá, edulcorado sin duda, por mi intercambio universitario en el corazón de la vieja Inglaterra -West Yorkshire-, intentaba hacer partícipes a mi hermano y mi madre de los sentimientos que me invadían desde que residía bajo la lluvia ligera, el acento elaborado, el pésimo rancho local, de Gran Bretaña.
Recuerdo haber salido mareado de la tan inglesa noria local, haber cenado en un exquisito indio junto al río y haber frecuentado varios lugares hasta dar, entre sucedáneos sin escrúpulos preparados para cazar turistas cual elaboradas telas de araña, con el pub The Cavern. Aún saboreo la pinta de Carling -mi favorita- bajo los cuatro pisos de sótano de ladrillo inglés, donde aguardaba un apretado espacio rectangular rodeado de arcos de punto en cuyo fondo cuatro “Beatles” de peluca tocaban “twist and shout” y me transportaban a los sesenta ingleses que habíamos revivido en el museo de la banda de Liverpool junto al ventoso muelle.


Hoy, extraña sensación, me siento mucho más lejos de aquella ciudad, de aquel país, que viví intensamente durante el transcurso de ese año. Un intercambio en Inglaterra difiere del erasmus por excelencia en Centroeuropa, donde tu experiencia se reparte entre varias naciones aledañas de fronteras difícilmente apreciables. El hecho insular –“espléndido aislamiento” para Lord Salisbury- obliga a plantearse la estrategia de viajes durante el curso. En mi caso, opté por conocer tan a fondo como pudiera el país que me había acogido.
Los imanes en mi nevera son testigos mudos de mi paso por aquellas tierras. Kingston-Upon-Hull, Bath, Liverpool, Manchester, York, Newcastle, Edimburgo, Londres, Scarborough, Bamburgh, Cardiff, Nottingham, Harrogate, etc., son sólo algunos de los lugares que descubrí en mi inmersión británica. Todos con su correspondiente desayuno inglés de por medio.
Aprendí a entender un ordenamiento constitucional sin constitución, a respetar (e incluso admirar) un sistema de leyes desarrollado a golpe de sentencia y ajeno al legislador parlamentario -el famoso Common Law-, a tomar las pintas templadas -de vez en cuando, claro, sigo siendo español-, a dejarme la vida en sujetarle la puerta al siguiente y a asimilar la asombrosa afección de casi todo inglés por la Reina Isabel II, sin la cual difícilmente conciben su país.
Hoy, como decía, me siento más lejos de aquella Inglaterra que conocí. Una parte de mí afronta con dolor el repudio, la separación promovida y ejecutada satisfactoriamente por el nacionalismo más primario, soberbio y estúpido, aplaudida y celebrada por perfectos ignorantes. De poco sirve el ajustado resultado, y la culpa que cargará siempre sobre las espaldas del dimitido David Cameron. El euroescepticismo siempre fue, al menos durante mi estancia en Leeds, hegemónico en Inglaterra; no obstante, muchos esperábamos una información mínima, una ponderación razonada de los intereses en juego, que minimizara el voto pasional e impusiera una apuesta por la continuidad del mejor proyecto -por imperfecto que sea- que hemos construido los europeos.

Ver a Nigel Farage, lider del UK Independence Party, dimitir como cabeza de su partido no es, por otra parte, un consuelo. Aunque la prensa en España -y a lo largo y ancho del continente- haya querido teñir la dimisión del líder del "leave" de derrotismo, justificándola en el pavor ante lo que se avecina para el país isleño, la realidad es ciertamente distinta. Nigel Farage se va, para mi pesar y tal como él mismo sostiene, habiendo conseguido aquello para lo que un día entró en política: sacar al Reino Unido de la Unión Europea. Contra todo pronóstico y para terror de los mercados y del proyecto europeo. Por otra parte, es poco realista la opinión de quienes exponen que se va por la puerta de atrás para no hacer frente a las consecuencias; ¿es que alguien pretendía que Farage liderara un nuevo gobierno Torie sin tener un sólo parlamentario en la Cámara de los Comunes o de los Lores?
No me consuela tampoco, desde luego, el pesetismo y la incoherencia del señor Farage al mantener su escaño en el Parlamento Europeo -Guy Verghofstadt completaba las frases del dimisionario, con sentido del humor, añadiendo que se retiraba para tener tiempo para su vida privada, para su familia y para gastar su sueldo europeo-. ¿Cómo iba a reconfortarme el comprobar lo que ya sé? El señor Farage es un buen ejemplo de una persona no ejemplar, como se advierte sencilla y rápidamente contemplando su ácido discurso de mal ganador ante un derrotado Parlamento Europeo.
Sin embargo, es una frase de su discurso del otro día la que mejor nos enfrenta con la cruda realidad: “cuando yo llegué aquí a defender la salida del Reino Unido pensaban que estaba loco, se reían, ahora mírense ustedes. ¿Cómo se sienten ahora? Lo he conseguido; el Reino Unido ha salido de la Unión Europea”.
En efecto, lo han conseguido. “Brexit significa Brexit, y lo vamos a convertir en un éxito”, decía ayer Theresa May, la Ministra de Interior pro “remain” que hoy mismo toma las riendas del Reino Unido. Pocas esperanzas quedan de un segundo referéndum, de una marcha atrás. “Don’t let me down” sonaba en mi teléfono mientras la realidad me despertaba como un jarro de agua fría. Lo han conseguido, y la decepción es profunda. She dumped me good.
Atesoro la victoria en Leeds, aunque ajustada, del “remain”, así como las palabras de mi buen amigo Jordan, europeísta y profundamente dolido por el resultado. No todo es negro; en Escocia e Irlanda del Norte los ciudadanos optaron por la permanencia, así como en general en los grandes núcleos urbanos (en Londres se impuso con un 60%). Los jóvenes votaron también mayoritariamente “remain”. Quizá estemos también ante una oportunidad dorada para replantearnos los vicios de la propia Unión que los británicos abandonan.
En cualquier caso, no queda otra opción que asumir el resultado, ponerle al mal tiempo buena cara y quedarme con lo bueno de mi tiempo en el Reino Unido. Grandes personas y grandes amigos, grandes experiencias, grandes lecciones y reflexiones; grandes viajes.

Y en cuanto a lo político... "Ladran, luego cabalgamos", se dice espléndido en mi querido castellano, que tanto añoré durante aquel año. Ladran una vez más desde la Pérfida Albión; cabalguemos pues.

viernes, 17 de junio de 2016

Brexit: un punto de inflexión

El día 26 de junio hay elecciones generales en España. De nuevo, los candidatos hasta en la sopa. Mítines, programas televisivos, debates, discursos, encuestas, recados personales entre candidatos, globos y demás parafernalia al servicio de una nueva temporada de política para el consumo. Decimos que no nos importa, que nos tienen hartos, pero rebuscamos en los periódicos la encuesta del día. Claro es que el hartazgo es palpable, indiscutible, pero no puede decirse lo mismo de la falta de interés. ¡Pues claro que nos importa!

La tertulia en el bar, el vídeo viral del día, los chistes gráficos a través de whatsapp… El estruendo es ensordecedor. El “que no nos representan” ha dado paso, con la entrada de nuevas fuerzas políticas, al “sólo los míos nos representan”. Una sociedad más -y no digo mejor- políticamente movilizada que la de hace unos años se entrega a un nuevo proceso electoral, el quinto, sin saber si será el definitivo de la serie.


Por el otro lado aparece la Eurocopa, cargada de tensión por las medidas de seguridad y una insólita competición de barbarie y estupidez entre los ultras de las diferentes hinchadas nacionales. Definitivamente, nos espera un junio entretenido.

El barullo nos impide ver con perspectiva, sin embargo, la que es la gran cita de este junio de 2016. Nadie recordará dentro de cincuenta años la Eurocopa que -pongamos por caso- Francia levantará en su propio país, coronándose tras quince años sin títulos. Muy pocos recordarán el resultado de unas elecciones que, desde un punto de vista de aritmética práctica parlamentaria, escasas diferencias arrojarán con las anteriores que vinieron a repetir. Sin embargo, el Reino Unido podría decidir este mismo 23 de junio abandonar el proyecto europeo.




Lo que está verdaderamente en juego, no nos engañemos, no es sólo la permanencia de la tercera economía del mercado común. Lo que respira inquieto es el sueño vislumbrado -con sus diferencias-, por hombres como Carlos V, Napoleón Bonaparte, Víctor Hugo y el propio Winston Churchill. La unidad de la Cristiandad, de Europa, los Estados Unidos de Europa.

Con sus matices, los proyectos de los hombres mencionados compartían un elemento central y común: la superación de la vieja europa fragmentada y fraticida y el avance hacia un proyecto de integración europea, capaz de perseguir objetivos comunes buscando los nexos en lugar de las diferencias entre los pueblos del viejo continente. Un proyecto capaz de tender lazos entre pueblos enemigos durante siglos, pero también hermanos, herederos todos de los tres pilares de la civilización occidental: la religión judeocristiana, el Derecho romano y la filosofía griega.


Lo que estos hombres imaginaron cada uno a su manera, Europa, tenía sentido para acabar con las eternas guerras del pasado, y se antojó para Winston Churchill como la única solución posible para evitar éstas tras una Segunda Guerra Mundial que desgarró el continente. Sin embargo, no puede olvidarse que todos ellos vivieron en tiempos en que Europa -u Occidente, al menos, en el caso de Churchill- era el centro del mundo, en que nos bastábamos solos para imponer nuestros designios en los cinco continentes y los siete mares. Lo que entonces prometía -y sigue haciéndolo- paz y armonía de puertas adentro, hoy significa también seguridad, influencia e independencia de puertas afuera, en un mundo en que los europeos somos tan sólo el 10% de la población. ¿Cómo hacer frente al gigante chino, a Estados Unidos, a la India o Rusia, si estamos divididos?


Pues bien. Todo ello, ese sueño en el que algunos hemos nacido y también crecido, al que hemos visto siempre como una roca imbatible ante la tempestad, como una nave con rumbo fijo y sin retorno posible al puerto de partida, está hoy a merced de lo que la sociedad británica decida el día 23. Las consecuencias económicas de la partida pueden ser relevantes, como demuestran las bolsas estos días, pero ciertamente es algo más que la economía lo que nos jugamos en el trance.


La Unión Europea no desaparecería con la salida del Reino Unido, pero es muy difícil sostener que seguirá siendo eso: Europa. El viejo continente y su historia no pueden explicarse sin Gran Bretaña: árbitro de los equilibrios de poder en el continente desde el Renacimiento, cuna de pensadores que sentaron las bases de la Ilustración, campo de germinación del Parlamentarismo…



El abandono de uno de los principales y más tempranos miembros de la UE (particularmente desde presente óptica de la Europa de los 28), supondría un punto de inflexión en la construcción europea, una daga en el corazón de la legitimidad histórica de la Unión, un mensaje a los países miembros y a las generaciones por venir: Europa no es intocable. Europa no es indiscutible. Europa no es, desde luego, eterna. Europa es reversible.



Yo he tenido la fortuna de vivir un intenso año de mi madurez en Inglaterra. Estudié Derecho en la Universidad de Leeds, empapándome de la concepción británica sobre el universo jurídico (el Common Law, la Constitución no escrita…), de su cosmovisión particular sobre el mundo, de su autoconfianza y, también, de su antieuropeísmo. Llegué a la conclusión de que no es un simple movimiento nacionalista lo que empuja al Reino Unido hacia este proceso de separación, sino una compleja mezcla entre autoconfianza, orgullo propio y miedo a perder las riendas de su propio destino como país, por un lado, y la nostalgia casi infantil por un Imperio hace tiempo perdido, la crisis de identidad de una sociedad diluida en tasas ingentes de inmigración y el oportunismo político más elemental.



No todo son sentimientos en la cuestión, sin embargo. El principal argumento del UK Independence Party, abanderado de la salida de la UE y tercer partido en votos en las pasadas elecciones, es que el Reino Unido se unió a un club económico que, como una bola de nieve que todo lo absorbe, ha acabado convirtiéndose en mucho más que eso, arrebatándoles paso a paso su soberanía. También se cuestiona el frenético ritmo de ampliaciones de los estados miembros que, argumentan, pueden acabar por desdibujar la propia esencia de la Unión. El déficit democrático de las Instituciones también está a la orden del día. Todas estas son, qué duda cabe, críticas válidas, que albergan reflexiones que deberíamos hacer los europeos con mayor profundidad. Sin embargo, con frecuencia suelen ir aderezadas de toda suerte de mitos que desdibujan las verdades que los subyacen. ¿Son suficientes para enterrar a Europa como proyecto político? ¿Renunciaremos a ser algo más que un gigante económico y un enano político en un mundo en constante integración?

Nadie sabe con certeza hasta dónde alcanzarían las consecuencias de la salida. Tampoco, en realidad, de una permanencia que no nos devolverá al punto de partida. Lo que sí puede afirmarse es que nos encontramos en una coyuntura histórica, un punto de inflexión. De un modo u otro, Europa abre una nueva etapa en su historia el 24 de junio.

Rusia, China, Estados Unidos y la India esperan. El 23 de junio el Reino Unido, como tantas otra veces a lo largo de la Historia, decide el destino del continente.

http://confilegal.com/20160623-brexit-punto-inflexion/

martes, 9 de febrero de 2016

Inestabilidad u Oportunidad

Mucho se ha hablado esta semana sobre el documento marco para un posible pacto de investidura que ha difundido el Partido Socialista. Los medios reflejaban conclusiones dispares sobre el documento, Podemos afirmaba que se parecía mucho a su programa, Ciudadanos parecía ver con buenos ojos gran parte de la propuesta y desde el PP lo tildaban de “retorno al más puro estilo zapateril”.  Pues bien, ¿es esto último cierto?

Ciertamente no pueden negarse ciertos trazos evidentes de “zapaterismo” en el documento, como la voluntad de incidir en la paridad de género mediante leyes de discriminación positiva, la intención de impulsar la Ley de Memoria histórica o la propuesta relativa a una potencial subida del salario mínimo interprofesional (hablamos de zapaterismo téorico, claro está).

Sin embargo, lo que en ocasiones se vislumbra como un documento de gobierno "por y para" la izquierda tradicional goza, en mi opinión, de considerables luces que es de justicia destacar. Eliminación de aforamientos, primarias obligatorias, impulsar la Iniciativa Legislativa Popular, dos tercios de la cámara para el nombramiento del Presidente de RTVE, regular la celebración de debates electorales, garantizar una mayor independencia de la CNMC y la CNMV, allanar el terreno a un gran pacto nacional por la educación y por la ciencia, eliminar las tasas judiciales para PYMES, establecer 5 años de incompatibilidad tras el ejercicio de altos cargos para evitar las llamadas puertas giratorias, prohibición del indulto en delitos por corrupción política, revisión al alza de las penas por delitos de corrupción…

Sin duda gran parte de las propuestas pueden quedarse finalmente en un sonado brindis al sol, y por otra parte se echan de menos muchas otras reformas importantes (despolitización de la Justicia, el Tribunal Constitucional o el Tribunal de Cuentas, responsabilidad civil subsidiria de los partidos políticos, despolitización de la Fiscalía General del Estado, aumento de los plazos de prescripción de los delitos por corrupción política, regulación estricta de las primarias, entre muchas otras). No obstante, creo que podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que poco hay de zapateril en muchas de las concesiones del documento; José Luis Rodríguez Zapatero gobernó una España bipartidista que, probablemente lo único en lo que parecen coincidir los analistas políticos, podemos dar por enterrada desde el pasado 20 D. Un país donde los dos grandes partidos podían reprocharse en público y repartirse los jueces, las cajas y las televisiones en privado, donde la voz de la ciudadanía era sin duda menos importante, ahogada en un eterno turnismo en el que no hacía falta tener programa o un plan de país, sino sentarse a esperar con paciencia a que el devenir de los acontecimientos determinara el cambio de gobierno...

Supongo que muchas cosas han cambiado en España, aunque aún no terminemos de acostumbrarnos, para que determinadas concesiones a la ciudadanía se acepten por parte del Partido Socialista Obrero Español -otrora bastión del bipartidismo más férreo-.  Algunos idealistas y románticos de la política podrán preguntarse si Pedro Sánchez y su equipo verdaderamente creen en unas propuestas que su partido ha rehuido durante lustros. En palabras de Cicerón, sin duda esto sería así en la República de Platón. Como el antiguo orador,  considero que en el mundo real vivimos lejos de dicha res publica idealizada, instaurados más bien “en los barros de Roma”. Con convencimiento o sin él, lo cierto es que las cosas empiezan a cambiar.

En efecto, a veces las reformas en política no vienen de la mano de un cambio de gobierno, o de sistema de partidos, sino del riesgo -aparente o real- de que dicho cambio se produzca. En otras palabras, la irrupción de los emergentes en el Parlamento puede no haber sido tan arrolladora como algunos esperaban, pero ya está obligando a un en otro tiempo todopoderoso bipartidismo a proponer cambios relevantes, aunque sólo sea en la aplicación más esencial de la teoría de la evolución: adaptarse o morir.

Alguien escribió una vez durante la pasada legislatura, lamentando la decadencia democrática de nuestro país, que PP y PSOE no renunciaban a las desmedidas estructuras de poder en torno al bipartidismo por una sencilla razón: porque podían. Creo que no es descabellado sugerir que quizá ya "no puedan". En este nuevo contexto político ya no es suficiente con que falle el otro para gobernar, ni siquiera es suficiente ganar las elecciones, como estas semanas digiere con dolor el Partido Popular.

Algunos ven con temor la “inestabilidad” surgida del pasado 20 de diciembre. Sin embargo, soy de los que creen que si enterramos el debate por posiciones, sustituyéndolo por el debate de ideas, si los partidos están a la altura y demuestran ser capaces de exhibir sentido de Estado, de buscar los puntos de encuentro y no las diferencias irreconciliables, podemos estar ante una oportunidad única de reformar nuestro marco institucional, de adaptarlo y volver a anudar los lazos que nunca debieron romperse entre representantes y representados. Si todo ello ocurre, sólo entonces, podremos hablar de una verdadera Segunda Transición.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

¿Vencerán los locos?

Hay momentos coyunturales en la historia de los países. Momentos que definen la trayectoria de las naciones en la Historia. La revolución en la vieja Francia del antiguo régimen, las marchas de Garibaldi hacia la final reunificación italiana, la aprobación por los constitucionalistas americanos de su texto fundamental, la caída del muro entre las dos Alemanias…

No son sólo estos, sin embargo, los hitos que llevan a una nación hacia el éxito y el progreso. También está, importante en igual y a veces en mayor medida, esa lucha silenciosa, constante, ingrata, de personas cuyos esfuerzos y méritos no aparecerán en los libros de Historia, ni probablemente en ningún periódico de gran cobertura, pero que conducen a una comunidad hacia la mejora común. Una lucha desinteresada y siempre impagada, sin objetivos finales salvo la defensa de los propios principios; y, sin embargo, fundamental para la sociedad en la que surge. La gran desconocida. La madre que lucha por reemplazar al mediocre director de un colegio desbordado por el fracaso escolar, el médico que dedica horas añadidas a ayudar a un paciente al que podría despachar con un alta, el científico que se deja la piel para mantener viva una investigación de la que no va a obtener beneficio alguno, salvo quizá una palmada en la espalda de algún director general que se atribuirá sus méritos, el ciudadano que defiende sin tregua el patrimonio histórico o natural que otro pelotazo urbanístico pretende destruir para siempre…

Son esas pequeñas luchas, esas batallas individuales, las que en ocasiones marcan el progreso –no necesariamente económico- de las sociedades. Cada uno la suya, muchas veces solos, muchas veces en vano, pero otras muchas condicionantes del futuro de otros muchos. Un país dirigido por los mejores políticos, pero desprovisto de ese impulso individual, de esa lucha desconocida e ingrata, puede tardar poco en irse al garete.

Lo cierto es que en España venimos siendo testigos del efecto contrario. Un país cuya sociedad civil se ha movilizado para ayudar a los más débiles de una crisis brutal –todavía viva-, que ha desvastado la clase media y nos ha llevado a la cola de la OCDE en términos de igualdad. Un lugar en que las familias ayudan a sus miembros lejanos, soportando entre todos el peso de una aterradora cifra de desempleo que haría tambalear los pilares de estados más prósperos pero menos solidarios.  Una comunidad que ha sabido hacer frente y derrotar a un terrorismo afincado durante décadas. Un país líder en el mundo en donaciones de órganos. Un país que, azotado brutalmente por la crisis, es admirado en toda Europa por ser precisamente aquél en que los extremismos todavía son incapaces de cuajar ¿Tenemos, de verdad, los gobernantes que merecemos? ¿Estamos satisfechos? Y más aún, ¿Podemos permitirnos seguir en este rumbo?

La deuda soberana ha crecido del 60% al 100% de nuestro PIB desde comienzos de la crisis, y todavía seguiremos varios años más en déficit. El fondo de reserva de la seguridad social se ha reducido a la mitad en la última legislatura, de casi 70.000 millones al inicio a poco más de 30.000 millones de euros en la actualidad. Tenemos la mayor tasa de desempleo del primer mundo, tras Grecia, y una deuda privada acumulada de que ronda los 1.600.000 millones descontando al sector financiero. Crecemos ahora (aunque todas las previsiones apuntan a que dejaremos de hacerlo en dos años) ayudados por el desplome del precio del petróleo –al que nuestro país muestra una grave exposición-, la precarización de la mitad de unos empleados que ahora son pobres trabajando -y que viajan entre contratos basura en su mayoría en fraude de ley- y un Banco Central Europeo que lleva cuatro años inyectando dinero al 0.25% (ahora al 0.15%) intentando reanimar la economía europea con el inherente riesgo de que caigamos en deflación... ¿Qué ocurrirá cuando los tipos vuelvan al 3%? ¿Y cuando el petróleo vuelva a batir récords? ¿Es que alguien ha pensado en cambiar el modelo productivo de este país? Los que han gobernado, evidentemente no.

Pero no todo está en la economía. Nuestro poder judicial está absolutamente politizado en su cúspide, a la que acceden cuando son procesados, en puente de oro, los políticos a quien Sus Señorías deben el puesto. Los Fiscales Generales del Estado se nombran a dedo por el Gobierno, y dimiten por presiones de los mismos. Nuestros casos de corrupción han asombrado hasta la estupefacción a nuestros socios europeos. En Francia, Inglaterra o Alemania alucinan al ver a Mariano Rajoy todavía en el puesto tras aparecer su nombre en los papeles de Bárcenas, implicación por la cual no ha dado todavía explicaciones el todavía presidente en funciones, y que señala directamente a la reforma de la sede del partido del Gobierno. Los indultos a condenados por corrupción política se han sucedido sin explicación ni rendición de cuentas… El Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, la Comisión Nacional de los Mercados y de la Competencia, son meras ventanillas del Gobierno de turno, sin atisbo de la imparcialidad necesaria para desarrollar sus funciones de control del mercado, lastrando la economía y la libre competencia en igualdad de condiciones para favorecer a aquellos empresarios que más arrimen su sardina al cálido ascua de las sedes de Génova y Ferraz. ¿Y el Tribunal de Cuentas? El máximo fiscalizador de las cuentas públicas está infestado de políticos que han de investigar las cuentas de los partidos que los nombraron. Sin medios, claro. Las televisiones públicas –pagadas por todos- se doblegan sin asomo de vergüenza ante los gobiernos autonómicos, y lo mismo sucedía con unas cajas de ahorros que con cientos de años de historia, como consecuencia de Ley de Cajas que permitió su control por los partidos, han sido saqueadas hasta perderse para siempre.

Tenemos un país sin discurso y sin cohesión territorial como consecuencia del politiqueo de medio pelo entre presidentes de Comunidades Autónomas, sólo preocupados por el qué hay de lo mío y el rédito electoral, y el pasteleo entre los viejos partidos y unos nacionalistas que viven muy acomodados en España, acumulando prebendas y ventajas a cambio de votos puntuales. Fiscales siendo ordenados no investigar a Pujol, mientras Pujol investía a presidentes del Gobierno… ¿Nos hemos vuelto locos?

Pero, aunque el bipartido haya estado muy de acuerdo en mantener los tribunales y las televisiones politizados, y de meterse en los bolsillos las cajas de ahorros, los  acuerdos en los grandes temas de Estado (pensiones, educación, financiación autonómica) brillan y brillarán siempre por su ausencia. Los viejos partidos prefieren usarlos de arma arrojadiza en los debates de campaña, en lugar de ponerse manos a la obra, para poder seguir pretendiendo que tienen grandes diferencias y sostener el eterno turnismo que nos ha llevado al desastre.

He aquí la España que tenemos. La que nos han (¿o les hemos?) dejado.

Una de las conclusiones a las que llegué, tras largos meses de reflexión durante mi año en Inglaterra, fue que no existen motivos reales e insalvables por los que al Reino Unido deba irle mejor que a España en el mundo. Ni siquiera la excepcional situación de la que gozan en relación con la Commonwealth, de la que la posición  de España respecto de los países iberoamericanos no tiene nada que envidiar.

No existe motivo alguno, en realidad. Salvo uno. Son la democracia parlamentaria más antigua de Europa, y se nota. No sólo existe el derecho al voto, existe a su vez una responsabilidad al ejercerlo. Casi 500 años de parlamentarismo dejan huella, y los británicos son conscientes de que llevan 130 de ellos escribiendo su propia historia con sus votos. Al final, no pude evitar descubrir durante mi estancia que los ingleses, pragmáticos como son, entienden mayoritariamente que la democracia es como todo lo demás en la vida: una decisión más que tomar. La única diferencia con un cambio de trabajo o de casa es el carácter colectivo de la ruta a tomar. No existe el infantil “me enfado y ya no juego” tan típico de nuestro país. Como hacemos los españoles con todo lo demás en la vida, cuando no hay opciones buenas se toma la menos mala, pero se elige. Del mismo modo en que cuando no decidimos podemos perder las riendas de nuestra vida, los británicos parecen comprender mejor que otros pueblos que no participar en democracia es perder las riendas del destino del país. No importa que no se esté de acuerdo en todo, sino en lo esencial. No existen, por supuesto, partidos a medida, pues habría tantos como ciudadanos.

Al final, todo se reduce a una verdad esencial: en democracia, como en la vida, no hay opciones perfectas. Sólo hay opciones mejores y peores.


Una vez dijo Albert Einstein que sólo un loco pretende obtener, como consecuencia de comportamientos iguales, resultados distintos. ¿Vencerán los locos el próximo 20 de diciembre?



viernes, 20 de noviembre de 2015

El verdadero riesgo

El pasado 13 de noviembre algo cambió repentinamente. Volvía de escuchar algo de blues en unos de mis bares preferidos de Madrid cuando la primicia apareció de pronto en mi teléfono móvil, de la mano del periódico digital al que estoy suscrito: decenas de muertos y una discoteca tomada a golpe de arma automática en París. Cien rehenes. Escribí a mis amigos en la ciudad; se habían marchado a casa por el fin de semana: estaban bien.

El sábado nos enteramos del asesinato de la práctica totalidad de los rehenes. Y desde entonces los medios de comunicación nos han bombardeado día y noche sin piedad con el asunto, ; ¿estamos amenazados?, ¿cómo se perpetraron los atentados?,  ¿son suficientes los bombardeos? ¿qué dice Hollande? ¿qué responden los líderes mundiales? testimonios de supervivientes, suspensiones de conciertos y partidos, la Marsellesa en Wembley…

De pronto, Cataluña y el reto al orden constitucional se evaporaron, las elecciones generales de dentro de un mes se desvanecieron, las demás noticias dejaron de existir. Entiendo la concentración del periodismo en los acontecimientos que más interesan pero… ¿no nos excedemos en ocasiones? La prensa es libre, sí, pero cuando de 200 noticias 180 son relativas a los atentados en París, todos los días, ¿no estamos dejando de mostrar otras cosas? ¿El foco es verdaderamente libre? ¿Podemos reflexionar sobre otras cosas en libertad?

Es un debate complejo, pero a toda mente lúcida termina por asomársele una reflexión profunda: ¿hasta qué punto la paranoia colectiva le pertenece a los terroristas en exclusiva? Su objetivo es sembrar el terror entre la colectividad, y sin duda son los autores indiscutibles del hecho motivador pero… ¿quién es más eficaz a la hora de conseguir su objetivo final de obsesionar a una sociedad con la amenaza? ¿Las metralletas de Bataclán o el regodeo permanente en cada detalle de una masacre cobarde y repugnante? ¿Dónde está el límite a la cobertura del terrorismo? ¿Cumpliría el mismo su función de un modo tan eficaz de dedicársele algo menos de atención absolutamente todos los días?






Es el ciclo habitual. A un atentado sigue un ambiente enrarecido, algo se remueve en las personas hasta que el tiempo devuelve a la normalidad a la sociedad… En este sentido, podríamos decir que el fracaso del terrorismo yihadista es su incapacidad –hasta la fecha- para perpetrar atentados de modo intermitente y habitual; no pudiendo convertir tal efecto temporal en permanente.

No obstante, en este momento particular de las cosas, navegando en una marea de psicosis colectiva reprimida, entre suspensiones de partidos y alarmas continuas por cualquier bolso, mochila o caja de zapatos olvidados en la calle, se escuchan voces disparatadas. Me llamó particularmente la atención la de una periodista (así se hacía llamar) de una de tantas tertulias que inundan la programación televisiva, repletas generalmente de una especie muy endémica de soberbios opinadores de todo; sabios de nada. Pues bien, la dichosa tertuliana opinaba que “lo importante era saber qué era lo que iba a hacer en respuesta DAES como consecuencia de los bombardeos de Francia a sus posiciones en Siria”. Por supuesto nadie le replicó que los franceses llevan meses bombardeando, pero lo que más me sorprendió es que nadie hiciera una reflexión evidente. “Pues lo mismo que llevan haciendo largos años. Intentar hacernos volar a todos por los aires.”

En ocasiones la memoria humana es sencillamente impresionante. ¿Es que alguien cree que el el yihadismo va a atacarnos con más o menos fuerza en función de lo que le ataquemos a él? ¿Es que alguien duda de que las víctimas que se han cobrado los últimos años no son las que han decidido cobrarse, sino las que han podido hacerlo? ¿Es que nadie se acuerda de la terrible venganza que nos auguraron como respuesta a la muerte de Bin Laden?

Al Qaeda y sus escisiones llevan años intentando perpetrar atentados en Occidente, y lo cierto es que sólo han cometido los que han podido. Ni uno más, ni uno menos. No nos equivoquemos; el resto se han desbaratado por las fuerzas de seguridad de las distintas democracias, y la colaboración entre ellas. Quien pretenda esconder la cabeza debajo del suelo y esperar a que el problema se solucione, quien piense que el problema puede arreglarse intentando caer mejor a los terroristas, se equivoca profundamente. Nadie tiene la solución universal, pero a nadie se le escapa que cualquiera de ellas ha de pasar por la necesaria derrota del poder territorial de DAES en Siria e Iraq. 

Otro de los comentarios digno de celebración provino de una conversación cualquiera. Una persona a la que nunca he considerado racista ni xenófoba –y que además estoy seguro de que en modo alguno lo es- declaraba que “si se subía un moro en el tren con un turbante se cambiaría de vagón”. Así, sin más. El problema era que “como iban con turbante no querían integrarse y podían ser potenciales terroristas”.

Dejando de lado la espeluznante equiparación entre Islam y terrorismo, entre una prenda de vestir y la absoluta falta de escrúpulos y de cualquier rastro de moral, hay una idea que subyace y que lleva rondándome desde el viernes. No es nuestra vida lo que está verdaderamente en peligro: un centenar de muertos en un continente de quinientos millones nos deja una muy baja probabilidad de perecer en un atentado. Lo que está en peligro es nuestra capacidad de relegar los más abyectos instintos por el uso de la razón, nuestra manera de entender una sociedad plural y democrática, y de aceptar lo diferente. Nuestros valores, nuestros sueños, nuestras ideas de un mundo mejor y más justo. ¿Seríamos capaces de dilapidarlos en el nombre del miedo?

sábado, 17 de octubre de 2015

Crisis y Oportunidad

En los últimos años nos hemos visto rodeados de muchos mantras periodísticos, repetidos noche y día en tertulias de sobremesa, debates de prime time o programas de periodismo político en general. Uno de ellos es la idea de una “crisis institucional” en España, paralela a la crisis económica que ha azotado a nuestro país desde 2008. Sin embargo, detrás de ese etéreo nombre, de esa vaga naturaleza ¿en qué consiste dicha “crisis institucional”? ¿Existe? ¿Podemos palparla?

La respuesta es, tristemente, que sí. El mejor ejemplo de ella lo hemos vivido la semana pasada, cuando después de la polémica imputación de Artur Mas por su responsabilidad en relación con la consulta ilegal del día 9 de noviembre de 2014, un número relevante de políticos, periodistas y opinadores han “lamentado”, “sido incapaces de entender” o directamente “condenado” las imputaciones.




Antonio Baños, líder de la CUP, declaraba que “imputar por poner urnas demuestra que este Estado es demofóbico, no entienden lo que es la democracia”. La recién estrenada alcaldesa de Barcelona, Ada Colau declaraba que “la imputación demuestra el desprecio por la democracia”. Pocos esperábamos que políticos del espectro nacionalista catalán (en el que sin duda la alcaldesa ha demostrado sentirse cómoda) dejaran pasar la oportunidad de utilizar la imputación como otro elemento de su vital victimismo, pero las declaraciones no se han quedado en Cataluña. En Andalucía, Teresa Rodríguez –líder de Podemos en la comunidad- declaraba que entienden que lo que en ningún caso es “judicializable” –bonito verbo-, es poner urnas en la calle.

Es curioso el sencillo proceso de engaño a la población en cuestiones que escapan a la normalidad doméstica. La imputación de Artur Mas y dos miembros de su Gobierno no es, en realidad, la consecuencia de poner urnas o jugar a la Democracia. Es la consecuencia de: (1) ascender al poder dentro de un marco constitucional y, una vez investido de los poderes del mismo, utilizar dicha posición pública para saltarse el Estado de Derecho, pasándose -en castizo- por el arco del triunfo la suspensión del Tribunal Constitucional a la consulta catalana –prevaricación y desobediencia- y (2) la utilización de dinero público (de todos los catalanes, no sólo los independentistas) para la ejecución de dicha ilegalidad -malversación de caudales públicos-. Por qué hablar de la imputación como la consecuencia lógica de la transgresión de la Ley por una autoridad pública cuando puedes vender que “se condena la democracia”.

Ése es el mejor reflejo de una crisis institucional, la aceptación sin rubor de la vulneración de la ley democrática. Lo verdaderamente grave no es que el señor Artur Mas se haya saltado la legalidad democrática y constitucional de un Estado de Derecho occidental. Lo grave es que la consecuencia legal de dicha transgresión –la imputación- sea cuestionada por personas que dicen ser demócratas, que puedas permitirte ir de "progre” aceptando –o aplaudiendo- la vulneración de la ley democrática y condenando después la persecución de dicha vulneración. ¿Nos hemos vuelto locos en este país?

No, no nos hemos vuelto locos. La crisis institucional consiste precisamente en eso: la desafección de la ciudadanía respecto de un sistema constitucional y un Estado democrático en que los políticos se han dedicado durante décadas a defender los intereses de sus partidos y militantes, brillando por su ausencia la defensa del ciudadano y la nación. Cuando no crees en una democracia representativa y el sistema que la cobija es difícil creer en las normas que emanan de la misma. Cuando un partido puede ganar unas elecciones con un programa, incumplirlo una y otra vez sin sonrojarse -también en sus aspectos no económicos- y seguir en lo alto de la pugna por el poder, la desafección no es comprensible; es sencillamente lógica.




Afortunadamente, como anticipé al elegir el nombre de este medio, soplan vientos de cambio en España. El hartazgo y la indignación de la ciudadanía, ajena a los tejemanejes de la dinámica partidaria, avergonzada de la capitulación de gran parte de la prensa nacional ante el poder político, se ha traducido al fin en un nuevo desembarco de la sociedad civil en la vida política, similar al de la Transición. Determinados debates se van instalando en la opinión pública, nuevos medios de comunicación nacen reclamando la importancia de la prensa libre y diseñando su modelo de independencia, se consolidan alternativas políticas que prometen devolver el destino de este país a una ciudadanía que nunca debió perderlo. Se hace política en bares, plazas y centros de trabajo, intelectuales y escépticos crónicos se arremangan y descienden a los barros de Roma. Veremos a dónde nos conduce lo que algunos comienzan a describir como la Segunda Transición española, pero estoy convencido de que a algún lugar mejor que donde estábamos hace dos años. Con suerte, a algún lugar donde la vulneración de la legalidad constitucional, garantía última del ciudadano frente a lo que los constitucionalistas americanos llamaron la "Tiranía de la Mayoría", sea condenada sin paliativos. No se puede recuperar la confianza de los ciudadanos en las instituciones sin recuperar las instituciones, primero, para los ciudadanos. En ello estamos muchos españoles. Quedan dos meses para las elecciones generales y aún no hay nada decidido.


Lo decidiremos los españoles.